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Conferencia del presidente del Gobierno "Proteger el ideal de Europa"

Ateneo de Madrid, martes 19 de marzo de 2019

Presidente.- Buenas tardes, amigos y amigas; miembros del Gobierno, señoras embajadoras, señores embajadores; presidente del Ateneo, Junta del Ateneo; vicepresidente del Ateneo, gracias por tus palabras; señor presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo, gracias también por tus palabras,

Señoras y señores,

Antes lo comentaba el presidente del Consejo Federal del Movimiento Europeo, el 15 de enero pasado intervine ante el Parlamento Europeo para hablar sobre el futuro de la Unión. Allí hice un llamamiento a la necesidad de proteger Europa para que Europa protegiera a sus ciudadanos. Una acción, la de proteger Europa para materializar una condición: una Europa que proteja.

En la primera parte de aquella afirmación: proteger Europa, apelaba a la necesidad de que los europeos tomáramos conciencia del momento crítico que vive la Unión, y que, en consecuencia, obráramos para remediar ese desafío que tenemos.

Si lo prefieren de forma mucho más clara, tomando partido el 26 de mayo por fuerzas europeístas en unas elecciones en las que nos jugamos mucho, probablemente, nos jugamos mucho más que en las últimas elecciones europeas, y es el impulsar o el hacer languidecer el proyecto comunitario. Y todo ello justo en el momento en  el que más se necesita una Europa fuerte.

En la segunda parte de la afirmación; es decir, que Europa proteja, pueden ver una apuesta firme, decidida por la Europa social. No como una apuesta ideológica, que también, o de oportunidad que, sin duda, es necesario, sino porque éste es hoy, a mi juicio, el corazón del proyecto europeo. O impulsamos la Europa social, o el progreso no llegará a la mayoría social. O construimos la Europa social o el crecimiento no se redistribuirá y la igualdad se resentirá en detrimento de la exclusión social.

La Europa social es la fuerza que permitirá relegitimar el proyecto europeo desde la base. La Europa que protege es la Europa que cohesiona, que une la sociedad, y que lo hace con hechos, no solamente de palabra; con más solidaridad, y no con menos; con más convergencia real, no solamente con la convergencia nominal, que permita sostener el crecimiento sobre bases mucho más sólidas, sostenibles, que las que hemos tenido durante esta última década. Sólo así la Unión será sentida por los europeos de a pie como un proyecto suyo, de su propiedad, y no patrimonio de una clase ilustrada cosmopolita.

En realidad, el ideal europeo -recordémoslo-, se construyó mediante lo que se ha venido a llamar el pacto socialdemócrata, el pacto que compartieron durante décadas formaciones políticas, ideologías, que concebían la sociedad de muy distinta forma. Ese pacto socialdemócrata perdura, y lo hacen suyo líderes de diferente ideología, también hoy, en la construcción europea, pero que comparten una misma percepción, y es que la socialdemocracia forma parte del ADN de Europa.

Somos socialdemócratas porque creemos que la Europa social es la Europa que protege, la Europa que avanza sin dejar a nadie atrás.

Proteger Europa, en consecuencia, es protegerla, y no ensimismarla, como estamos viendo también por parte de otras propuestas políticas. No debilitarla, enquistando los problemas, mucho menos, disgregarla con nuevas trincheras mentales o incluso, también, físicas. Tampoco centralizar sus competencias, negando la diversidad de Europa o debilitando el principio de subsidiaridad que es tan importante en la construcción europea.

Proteger Europa es federalizarla. Es volver a alinear los principios con los actos, la filosofía con la realidad, los valores con los hechos. Tenemos muy claros los principios, la filosofía y los valores europeos. La herencia, en definitiva, de la Revolución Francesa: la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Desterrar para siempre el recuerdo de una Europea ensangrentada por guerras y disputas territoriales; más que nunca fraternidad entre los pueblos de Europa. Fraternidad también significa este momento compartir voluntariamente parte de nuestra soberanía. Precisamente, compartiendo esa soberanía, lo que estamos haciendo es ser más soberanos en grandes cuestiones que nos desbordan si peleamos en solitario.

Europa nació gracias al idealismo de hombres y mujeres reunidos en torno a movimientos como el que hoy acoge esta Conferencia. En torno al legado de hombres como Altiero Spinelli que dio forma a los fundamentos de la Europa federal en las cárceles de la Italia de Mussolini.
El movimiento europeo es en esos términos una auténtica semilla de la Comunidad Europea nacida oficialmente en 1957. Un movimiento transversal en lo ideológico, impulsado por quienes, desde  distintos puntos  de vista, desde distintas concepciones de la sociedad comparte un mismo atributo, el europeísmo.

Hoy, en este foro, querido Patxi, quiero reconocer el compromiso del Movimiento Federal Europeo y agradecer vuestro trabajo y reivindicar el espíritu del Movimiento Europeo.

La idea de una Europa unida, lo saben ustedes, nace de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. Y crece al calor de un desarrollo económico y social sin precedentes en las siguientes tres décadas. Si miramos hacia atrás nunca estuvo en cuestión la idea de una Europa en constante expansión. Primero, hacia el norte, luego, hacia el Mediterráneo, y, finalmente, al Este, tras la caída del Muro de Berlín. Pero hace tres años, por primera vez, se ha producido un hecho que creo que marca un antes y un después en la construcción europea.

Y es que Europa se contrajo. El triunfo de los partidarios de la salida del Reino Unido de la Unión Europea marca, como decía antes, un antes y un después en la historia de la construcción europea. Pasado mañana mismo, el Consejo Europeo tendrá que estudiar los diferentes escenarios producto de las dos votaciones en contra que se han producido en el Parlamento británico. De esas votaciones celebradas en el Parlamento británico se puede concluir que sabemos lo que el Reino Unido no quiere, pero no sabemos lo que el Reino Unido quiere.  Y me gustaría hacer cuatro valoraciones al respecto.
La primera -lo he dicho también en el Parlamento, en el Congreso de los Diputados-, y quería también referirme a ello. La primera es lamentar, al tiempo que también respetamos, como no puede ser de otra manera la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión. Yo siempre he creído fundamental la aportación de todos y de cada uno de los Estados miembros, por supuesto, también, del Reino Unido, a la construcción europea.

La segunda, es que tenemos un acuerdo de retirada, que es el mejor posible. El único viable. Y el Parlamento británico tiene que, debe, entenderlo. España tendrá una posición constructiva para lograr una salida ordenada del Reino Unido. Si no se ratifica el acuerdo de retirada antes del 29 de marzo, escucharemos con atención cuál es la propuesta que hace el Gobierno británico. Si propone una extensión deberá indicarnos para qué, con qué fin, con cuánto tiempo.  No se puede avanzar haciendo círculos.

Tercera valoración, confianza. Ante una salida desordenada y eventual que se pueda producir del Reino Unido, España está preparada. Hemos elaborado ya un plan de contingencia que esperaremos a que sea refrendado, esperamos, además, con una amplia mayoría, por parte de la Diputación Permanente en el Congreso de los Diputados. Trabajaremos por tener, en este sentido, las mejores relaciones con el pueblo británico, dados no solamente la diáspora tan importante de ciudadanos españoles que viven en el Reino Unido; la de británicos, en España, sino, sin duda alguna también, las relaciones comerciales y económicas que tenemos con ellos.

Y, finalmente, me gustaría hacer una reflexión, porque la democracia, afortunadamente, no es un cara o cruz; no es una moneda que se lanza al aire con una elección binaria. Afortunadamente, la democracia, como decía antes tiene más opciones.

La elección no era, a mi juicio nunca debió ser, o quedarse en la Europa del 'status quo' o marcharse. Hay otra, que nunca fue contemplada por aquellos que convocaron el 'Brexit' que supone la verdadera respuesta en este mundo global, en el que los desafíos nos exigen unión. La opción siempre fue ser Europa, pero una Europa mejor.

El 'Brexit' es la concreción de un tiempo en el que la mentira se abre paso, con el uso de mecanismos de resolución completamente equivocados, como el referéndum para afrontar dilemas complejos. Se pedía entonces un sí emocional, un sentimiento más que un voto. Y ya sabemos cómo funcionan los sentimientos sin contrapesos, ciegan.

Ahora, los británicos están descubriendo lo que puede ser la vida sin Europa, sin su mercado, sin su compromiso, sin su solidaridad, y el esfuerzo conjunto del resto de países.  Están descubriendo que al votar por la salida, votaron por menos riqueza y mayor reclusión; menor influencia y mayor pérdida de beneficios reales, tangibles, para el conjunto de la ciudadanía británica.

El Parlamento británico ante los dilemas planteados por la destrucción que supone el "Brexit" del entramado de relaciones jurídicas, políticas y, también, sociales, de más de 45 años, se  encuentra en una situación de bloqueo total.
Y es posible que se dé una paradoja terrible. Y es que los británicos, que ahora tal vez son partidarios de permanecer en la Unión, acaben abandonándola.  Los datos de los estudios demoscópicos así lo corroboran. 

Lo que es, sin duda, evidente es que los más jóvenes; los jóvenes que han llegado a la mayoría de edad, en estos últimos tres años desde que el Reino Unido celebró ese referéndum, son mayoritariamente europeístas. Es decir, el futuro del Reino Unido es europeísta.

En fin, una sociedad desamparada es una sociedad más proclive a crear y a creer en profetas. Profetas con distinto rostro: autoritarios, extremistas, nacionalistas, pero que tienen una idéntica aproximación intelectual. Y es que tratan de dar soluciones simples a problemas complejos: más vallas, más aranceles, más repliegues. Esa es la propuesta de los ultras, exagerar el miedo para hacer que la sociedad se atrinchere. Y puede que ese miedo crezca por la habilidad con que maniobran los que infunden; es evidente, lo estamos viendo en otras latitudes del planeta.

Pero también, y esta es la reflexión que me gustaría compartir con ustedes, por fallos propios. Puede que hayamos confiado tanto en el poder simbólico, del concepto Europa, en la fuerza de las promesas futuras, o en su legitimidad de origen, que nos hayamos olvidado de actuar en el presente. Y ese presente se llama, desigualdad. Se llama precariedad, migraciones, calentamiento global del planeta, brecha de género, el futuro de nuestra juventud, la deslocalización industrial, el impacto que va a tener la digitalización y la inteligencia artificial sobre el mundo del trabajo, el envejecimiento de la población, la gentrificación de las ciudades, el acceso cada vez más imposible de los jóvenes a una vivienda, y la seguridad ciudadana ante el crimen organizado, o el terrorismo internacional.

Es el contexto de esta realidad lo que hace avanzar a los enemigos de una Europa unida, empeñados en detener el reloj de la historia y volver a situar sus agujas en la nostalgia de un pasado que idealizan.

Pero el futuro de una sociedad no es, no puede ser, no debe ser, su pasado. Los enemigos de Europa que no solo están fuera, también los tenemos dentro, jamás resolverían los problemas existentes, al contrario, los agudizarían y crearían otros nuevos.

Porque viven del conflicto.  Su existencia se justifica por la persistencia de los problemas. Su lógica es enquistar los problemas y nunca solucionarlos. En definitiva, polarizar las sociedades y nunca unirlas en torno a un propósito común. Los enemigos de Europa rebaten hasta los hechos objetivos. Rebatirían -si me permitís-  en términos coloquiales,  si fuese necesario, que el sol sale por el este y se pone por el oeste. Nada lo ilustra mejor que aquella frase de un partidario del Brexit que dijo lo siguiente: "La gente está cansada de sabios y de expertos".

El objetivo, sin duda alguna, era  restar valor a la verdad empírica. A los daños objetivos del desastre económico representado por el Brexit. Al sembrar la duda sobre los expertos, no sólo desacreditaba sus razonamientos por cuestión de origen, la llamada  falacia 'ad hominen', sino sembraba la división por el enfrentamiento. Entre el pueblo y las élites, entre perdedores y  ganadores, entre el mundo rural y la urbe.

En aquellos tiempos del Brexit, hubo otro político británico que tiró de demagogia para hacer política. Uno de los líderes dijo algo así como que  después del referéndum del Reino Unido, habría "cien millones de europeos más que seguirían esa misma línea". Por tanto, no era tanto la salida del Reino Unido de la Unión Europea lo que buscaban,  lo que buscaban era la  muerte de Europa.

Una afirmación, por otro lado, vista la experiencia desde tres años a esta parte, bastante frívola, porque a día de hoy ningún europeo quiere seguirles. Los partidos que llevaban en sus programas la salida de la Unión Europea han reformulado esa intención, a la vista de la catástrofe que supondría, en términos electorales. Su anti europeísmo ahora está embozado, han aprendido a disimular. Porque saben que la ciudadanía europea no va a comprar tal argumento, porque intuyen, aunque sea esa la palabra, que la unión hace la fuerza. Y que la disgregación solo traería mayor incertidumbre y zozobra a sus vidas.

Pero no nos equivoquemos, siguen pensando lo mismo, que nadie se engañe. Quieren volver a una Europa pre ilustrada, que no crea en la razón. A una Europa agresiva y conflictiva. Problemática. En definitiva, a una Europa hostil para con sus propios ciudadanos. Quieren, como he dicho antes,  la muerte de Europa.

Para derrotarles necesitamos un ideal de Europa que se traduzca en certezas.  Todos necesitamos de certidumbres en la vida. Los ideales son muy necesarios. Los ideales nos marcan un horizonte hacia el que caminar,  pero también hay que reconocer que con los ideales no basta para llenar la despensa, ni para abaratar el precio del alquiler de los jóvenes, ni por supuesto, tampoco, para garantizar unas pensiones dignas.

Por eso, es bueno medir y reconocer el daño que hizo el paradigma de la austeridad durante estos 10 años de gran recesión. El daño que hizo no solamente en términos económicos, en términos sociales, sino también en términos emocionales, de afección al proyecto común que se llama Europa y, sin duda alguna, también, los efectos políticos que aún estamos padeciendo en nuestros sistemas políticos.

Yo siempre he creído que Europa es, por encima de cualquier otra cuestión,  una comunidad de valores. Europa sólo tiene sentido como proyecto si defiende algo que es muy preciado para la socialdemocracia, la cohesión. Y hay una doble cohesión que ha estado en peligro en estos años, desde la gran recesión, y que es preciso restaurar, a mi juicio, inmediatamente.

Por un lado está la previsible, desde el punto de vista del debate político, de la conversación pública, que es la cohesión social y la cohesión territorial, impidiendo que se abran más brechas insalvables, como las que se produjeron como consecuencia de la última crisis económica y financiera.
Pero, por otro lado,  hay otra cohesión, que es la cohesión política, la cohesión económica para avanzar en un mundo en el que ser independiente no significa ser soberano.

El aislamiento, ser ajeno al ideal y al proyecto europeo, implica pérdida de soberanía económica y política ante desafíos que no conocen ni de fronteras ni de muros. Pero Europa no es sólo una comunidad de valores, es también una comunidad de intereses, de intereses  que deben ser protegidos y que sólo pueden protegerse desde la unidad.

En ese escenario, el papel de España es, a mi juicio, fundamental.  Mayor, si cabe, después del Brexit. Somos el único Estado que comparte frontera física con un continente como África que, en tres décadas, es decir, pasado mañana va  a duplicar su población. No hay, frontera, por cierto, que resuma de manera más visible la desigualdad que se padece entre continentes. Somos la puerta de entrada de un área estratégica para España, como es la comunidad Iberoamericana,  con la que nos unen vínculos de gran valor también, para el conjunto de la  Unión. Y somos, sin duda alguna, un actor relevante, importantísimo,  en el Mediterráneo, que es un escenario de crucial importancia para el presente y para  el futuro de Europa.

España, los que estamos aquí lo sabemos bien, es un país progresista,  europeísta por convicción y también por elección. Europa es progreso frente a la involución. Es avance frente al repliegue. Es construir una soberanía europea sin tener que renunciar a nuestra identidad como españoles.
España quiere estar en el núcleo decisor de nuevo impulso que la Unión necesita.  Y yo creo que de hecho, ya lo está de hecho. Y estoy convencido de que ese es el camino, el que nos une con otros gobiernos europeístas, es el que quiere la inmensa mayoría de la sociedad española.

Una sociedad que, reiteradamente, en todas las encuestas de opinión, se muestra comprometida con los valores europeos como casi ninguna otra en el continente.

La Unión nos protege frente a la competencia desleal de otros gigantes extranjeros. Del abuso de posición dominante de otras potencias comerciales. O del abuso de grandes compañías tecnológicas,  que comercian con los datos de los ciudadanos, poniendo a veces en riesgo nuestras propias democracias. 

Es decir, valores irrenunciables e intereses justos son los que defienden la Unión Europea.

La  Unión que queremos es la Europa de la Industria 4.0, que compita por la excelencia, que cree una economía moderna y emprendedora sin renunciar a algunos de sus potenciales económicos más distintivos. La inteligencia artificial, el universo digital, la robótica y las energías limpias son los espacios en los que  ahora mismo se está pugnando  por liderar las nuevas relaciones internacionales. Y Europa tiene que mirar a China y a Estados Unidos y ocupar el espacio que le corresponde junto a ellas.

Para ello,  apostamos por una política comercial activa, sin duda alguna, que abra mercados, al tiempo que refuerza dos pilares fundamentales, a menos,  para un proyecto socialdemócrata, como el que nosotros queremos representar, el social y el medioambiental. Y, sin duda alguna, también,  fortalecer el sistema multilateral.

Y, en  este esfuerzo, es esencial reforzar  nuestras capacidades industriales,  que están puestas en cuestión, como consecuencia de la deslocalización, aunando recursos para financiar grandes proyectos de alta tecnología a escala continental, con una visión estratégica que cree una Europa equilibrada territorialmente.

Una Europa capaz de competir globalmente en los mercados y de rivalizar, como decía antes, con la pujanza de Estados Unidos, de China y también de India.  Pero, y esta es la reflexión que quería plantear en relación con este asunto de la pujanza de la Unión Europea y su papel a jugar en el escenario de las relaciones económicas internacionales. No se puede hacer a costa de debilitar la política de competencia o de aglutinar el poder económico en las regiones más privilegiadas a costa de incrementar las diferencias  dentro del territorio de la Unión.

Europa tiene que recordar lo que significa el buen gobierno. Y el buen gobierno significa  pensar en todos y gobernar para todos; encontrar las potencialidades de todo ciudadano, de cada región y de cada país, y permitir que se desarrollen. Repartir, en definitiva,  las oportunidades, y  no dejar a nadie.

Cada ciudadano y cada ciudadana deben tener un proyecto de vida posible y realizable. Eso es lo que justifica y legitima el proyecto común.

Europa tuvo en 1945 la inteligencia, la sabiduría de mirar al ser humano. A los hombres y a las mujeres de carne y hueso. Y a partir de eso comenzó a construir. Esa Europa ha servido para inspirar los mejores sueños de la humanidad, como la unión pacífica, la Declaración de Derechos Humanos o la construcción del  Estado de Bienestar.

Nuestro objetivo es que tener una buena tasa de crecimiento económico, sin duda alguna es importante, pero se debe  convertir  en mejor calidad de vida, en prosperidad, sin exclusiones. O mejor aún, nuestro objetivo es lograr que ningún ciudadano europeo se sienta excluido de progreso.

Creemos que Europa sigue siendo, en este sentido, el mejor lugar para vivir. Tiene la democracia como forma de gobierno, tiene riqueza económica y tiene riqueza  cultural, y ha construido un Estado de Bienestar que protege, que cohesiona y que  legitima.

Pero tenemos que recuperar el pulso perdido y enfrentar los nuevos retos. Nuestra obligación es proteger Europa para que Europa proteja a los ciudadanos en el siglo XXI.

En mi opinión, este propósito se traduce en los siguientes ocho objetivos de acción política. Que creo, querido Patxi, querido presidente del Consejo Federal del Movimiento Europeo, deberían también trazar las líneas del nuevo mandato del Parlamento Europeo y de la Comisión Europea.

El primero, tenemos que consolidar la modernización y la transición digital y ecológica de nuestra economía desde una posición de liderazgo, atendiendo a los nuevos sectores sin olvidar en ningún caso los sectores tradicionales.  Europa tiene, debe ser, la Europa del conocimiento. La Europa de la creación de ese conocimiento, de la ciencia, de la innovación, de la cultura y de la educación, de un sistema educativo equitativo y excelente.

Segundo, debemos acometer las nuevas reformas pendientes que apuntalen la moneda única para completar de una vez por todas la Unión Monetaria, culminando la Unión Bancaria, tan necesaria para países como el nuestro, consolidando el pilar fiscal del euro poniendo en marcha el Sistema Europeo de Seguro de Garantía de Depósitos. Es preciso impulsar un verdadero presupuesto para la Zona Euro, con funciones anti cíclicas que  es lo que está defendiendo el Gobierno de España en el seno del Consejo Europeo, que permitan a nuestras economías sortear mejor futuras crisis económicas.

En tercer lugar, es preciso preservar nuestro contrato social y proteger a los más vulnerables mediante acciones decididas, como la creación de una  Autoridad Laboral Europea, como la aprobación del marco de directivas por la calidad en el Empleo o, como también, la aprobación y la creación del Seguro Europeo de Desempleo, que complementará los actuales sistemas nacionales.

Cuarto. Es prioritario culminar esa Europa feminista en la que estamos avanzando. Por ello, propongo y propuse ante el Parlamento Europeo el pasado 15 de enero, la adopción de una Estrategia de Igualdad de Género de la Unión Europea, en su conjunto, de carácter vinculante. Vinculante. Para combatir la brecha de género, la mayor tasa de desempleo y la precariedad que sufren, con mayor intensidad, las trabajadoras en nuestro continente.

Quinto. Este sería un objetivo transversal, como la igualdad de género, pero creo que debemos seguir a la cabeza en la lucha contra el cambio climático. Tenemos que cumplir con los Acuerdos de París,  que es sin duda este el desafío del cambio climático, el más importante que tenemos ahora mismo, porque ninguno de los que hasta ahora mismo he mencionado se va a resolver  bien si este no se resuelve bien. Lo está pidiendo no solamente la comunidad científica desde ya unas cuantas décadas, sino fundamentalmente la gente joven del continente europeo. Chavales de 14 y de 15 años que están saliendo todos los viernes para reclamar un mundo sostenible, una Europa sostenible.  Pero, además, yo creo que también supone una gran oportunidad de transformación económica, de creación de empleo, que, ya se está reclamando por parte de la comunidad empresarial y del sector privado. 

Esa transformación económica y la transición ecológica tienen que ir de la mano. Y, a mi juicio, es  la hora de impulsar a nivel europeo un Green New Deal, capaz de vigorizar la economía con industrias, empleos sostenibles, con alto valor añadido, gracias a la innovación y al conocimiento. En definitiva, este nuevo acuerdo  nos tiene que permitir  llegar antes y llegar mejor a todos los objetivos de desarrollo sostenible marcados por la Agenda 2030.
Sexto. Tenemos que afrontar el reto de las migraciones desde una perspectiva doble. Desde la perspectiva interior, dando cobijo ordenado -quiero subrayar ordenado-, y solidario -también quiero subrayar solidario-, a aquellos inmigrantes que necesitan de Europa. No podemos permitir que se instale en este tema el enfoque perverso que se centra sólo y exclusivamente en la migración irregular. Y afrontar el problema desde la perspectiva exterior, poniendo la cooperación y también el diálogo bilateral con los países de origen y de tránsito y  la ayuda al  desarrollo con África en la primera línea de acción del conjunto de la Unión Europea.

Y, séptimo. Debemos alcanzar de una vez por todas una política exterior firme y eficaz. Para ello, es fundamental tener un marco de Defensa propio, en el que se contemple la colaboración multilateral, pero no la dependencia, y yo creo que esto también es importante subrayarlo. Cooperación multilateral, pero no dependencia. Para garantizar la seguridad de nuestros ciudadanos tenemos que alcanzar una verdadera Europa de la Seguridad y  también de la Defensa. Aunque la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO), a la cual hacía antes referencia el presidente del Consejo Federal del Movimiento Europeo, supone un avance muy importante, creo,  -y esta es la opinión  al menos que yo tengo en línea con otros presientes europeos-,  que debemos  dotarnos de un verdadero ejército europeo.

Tenemos que construir una Europa más ágil, mucho menos burocratizada en algunas decisiones.  Esto lo digo por experiencia propia en estos 10 meses. Tomamos por mayoría cualificada decisiones con enorme impacto económico y, sin embargo, la más pequeña decisión en  materia de Política Exterior requiere de unanimidad. Se trata, en definitiva, de un anacronismo al cual debemos poner fin.

Y octavo, y último, pero no por ello, menos importante, porque debe ser ese respaldo presupuestario financiero que necesitan todas estas  políticas. Todas estas políticas  que harán, a mi juicio, de Europa  una institución, y un proyecto mucho más  útil y  más eficaz para proteger a los ciudadanos -como he dicho antes-  exigen de un presupuesto europeo ambicioso,  que saben es una de las tareas que tenemos por delante en el próximo mandato. Ambicioso en tamaño y ambicioso, también, en contenido, que esté a la altura de los tiempos y que refleje las nuevas prioridades, sin descuidar las políticas tradicionales que, por ejemplo, para España son bien conocidas, como es la Política Agrícola Común y las Políticas de Cohesión.

Esta, señoras y señores, es la hoja de ruta que propongo para proteger Europa y lograr  así que Europa proteja a los europeos. Es necesario ofrecer a nuestra ciudadanía la garantía de que ninguno de esos valores está en peligro. Tampoco su bienestar, y mucho menos sus oportunidades, las suyas y también la de sus seres queridos.

Todo esto es lo que vamos a decidir el próximo 26 de mayo. Nada más y nada menos. En unas elecciones decisivas para fortalecer Europa o dejarla languidecer.

Ahora, 74 años después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, vemos sombras en Europa que nos imaginábamos  que no íbamos a volver a ver.
Vemos de nuevo a quienes proclaman las virtudes de las fronteras cerradas; a quienes defienden la insolidaridad e incluso justifican y  aceptan la pobreza; a quienes profanan cementerios judíos; a quienes extienden un discurso de odio; a quienes preconizan identidades y culturas rocosas, sin mestizaje, y sin contaminación.

En definitiva, el próximo 26 de mayo elegimos entre una Europa u otra. Entre la que avanza o la que retrocede. Entre la que integra o la que excluye. Entre la que se une para ser más fuertes o la que se disgrega y, en consecuencia, es más débil. Entre la Europa que supo imaginar el mundo tal y como debía ser y se puso manos a la obra para poder realizarlo, o la Europa enfrentada, anticuada y ensimismada.

En la Europa de 2019 es verdad que  han proliferado los grupos que defienden posturas muy parecidas a las del Brexit. Esas fuerzas aparecen hoy como aliadas, y compartirán, estoy convencido,  grupo parlamentario en la próxima legislatura en el  Parlamento Europeo. Pero en realidad, si nos fijamos bien,  sólo están unidas por sus odios. Nada más que por sus odios.

Yo creo que Europa merece que su proyecto perdure, que se fortalezca.  Merece seguir siendo el mejor lugar para vivir y la fuente de inspiración de ideas políticas, de bienestar social, que hagan avanzar el mundo de una manera mucho más justa.

Juntos somos el segundo bloque económico y la primera potencia comercial del árbol en la economía mundial. Por separado, debemos resignarnos a vivir en un mundo diseñado por terceros, en los cuales nosotros no tendríamos la capacidad de poder influir.  El repliegue, en nuestros tiempos, si es sinónimo de algo, es de derrota.

En estas elecciones europeas nos jugamos mucho, mucho.  Por eso debemos redoblar nuestra determinación. Oponer a las mentiras de los adversarios de Europa lo siguiente.

En primer lugar, el orgullo. El orgullo  de sabernos defensores ideales, de las mejores tradiciones europeas, de un legado secular de libertad, dignidad y de tolerancia. En segundo lugar, el entusiasmo. El entusiasmo  por representar un proyecto político único; único en la Historia por su ambición, por su magnitud y por los logros. Y, en tercer lugar, junto al orgullo y al entusiasmo,  la convicción de tener las respuestas adecuadas para los retos del presente y del futuro.

El escritor y filósofo Henry David Thoreau dijo que, y le cito textualmente: "Si habéis construido castillos en el aire, vuestra obra no tiene por qué perderse. Están donde tienen que estar. Ahora hay que poner los cimientos debajo".  Yo creo que este  es el ideal europeo. Cuando nadie se atrevía a construir castillos en el aire, nosotros los construimos, sabiendo que era ahí donde tienen que estar los castillos: en el alto, divisando el mundo. Son más seguros, son más confortables, y son más grandes

En estas décadas de historia del proyecto europeo, lo que hemos hecho ha sido poner cimientos debajo de esos castillos hasta lograr que sea un espacio sólido. Como lo es hoy la Unión Europea. Ahora, es cierto, cuando han surgido problemas, no podemos estar dispuestos a demoler o dejar caer esta gran obra, que representa el proyecto común europeo.  Basta con reforzar los cimientos, con cerrar las grietas.

Ese es el momento. Este es el momento, el momento  de proteger Europa para que Europa nos proteja. Y, a mi juicio, y creo que en esto seguro todos los que estamos aquí presentes, con independencia de qué ideología representemos, en este desafío, estoy convencido de que Europa podrá contar siempre con España.

Gracias.


(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)