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Comparecencia del presidente del Gobierno sobre el fin del período de transición hacia una nueva normalidad

La Moncloa, sábado 20 de junio de 2020

PEDRO SÁNCHEZ_ Presidente del Gobierno.

Buenas tardes.

Mañana domingo todo el país, toda España, culminará la desescalada, dejaremos atrás el Estado de Alarma y entraremos de lleno en lo que hemos denominado la Nueva Normalidad.

Antes de la pandemia, hace muy pocos meses, en marzo de 2020, todos los países del mundo nos preparábamos para los Juegos Olímpicos de Tokio, la NASA presentaba un nuevo vehículo robotizado que enviaría a Marte y los países europeos deliberábamos sobre nuestros presupuestos comunitarios. En España, el nuevo Gobierno acababa de asumir sus funciones y los españoles se preparaban para celebraciones tan populares como Las Fallas y la Semana Santa.

Todos lo ignorábamos, pero un virus desconocido ya había entrado hace tiempo, silenciosamente, en nuestras vidas. Había atravesado las fronteras, procedente de Asia, sin que los sistemas de prevención de todo el continente fueran capaces de detectarlo. Nadie sabía que estábamos a las puertas de lo que hemos sufrido, la mayor conmoción sanitaria, social y económica de estos últimos 80 años.

Todos ignorábamos que era solo el inicio de una pesadilla que ha atacado primero a Europa, cebándose con las naciones, como la nuestra, más transitadas, y que después ha proseguido su viaje letal a América del Norte, a América del Sur, cobrándose la vida hasta hoy de cerca de medio millón de seres humanos en todo el mundo, según los registros oficiales de la Organización Mundial de la Salud. Más de 28.000 compatriotas han perdido la vida en nuestro país.

La prioridad absoluta hace 99 días era frenar la propagación del virus, frenar la curva de contagio, evitar, en definitiva el colapso de nuestros hospitales. En resumen, el propósito común que teníamos todos era salvar vidas. Por ello, el 14 de marzo anuncié la activación del Estado de Alarma y nuestro país se paró en seco. Recuerdo las palabras que utilicé como nuestra columna vertebral para vencer al virus: sacrificio, resistencia y moral de victoria.

Es aún doloroso recordar aquellos momentos oscuros, el sufrimiento insoportable, la oscuridad, en definitiva, en la que nos movíamos. Nadie podía predecir cuándo y cómo terminar aquella pesadilla. El desasosiego de las familias que perdían a sus familiares, a sus seres queridos, sin poder despedirse de ellos. Las heridas, en consecuencia, psicológicas, emocionales, en muchas familias, y también en el conjunto del país, las heridas económicas y sociales.

Hubo que parar la vida para contener al virus. Tuvimos que sostener un tejido económico que estaba sano para que se pudiera sobrevivir después de la pandemia, pero que tuvimos que congelar entonces. Tuvimos también que ofrecer un escudo a las familias, sobre todo a aquellas más desfavorecidas, que habrían sucumbido sin la ayuda de lo público. Y lo hicimos. Lo hicimos unidos.

Fuimos golpeados con fuerza, con extrema dureza, pero resistimos. Y lo hicimos con la misma fuerza. Doblegamos la curva, contuvimos la propagación del virus. Y lo hicimos unidos.

Y gracias a ello, tras semanas verdaderamente tenebrosas, vinieron las primeras medidas de alivio y luego iniciamos la desescalada. Nuestras calles volvieron a recuperar poco a poco la vida, sobre todo con el pulso y la vitalidad de nuestros pequeños, nuestra economía empezó a recuperar pulso hasta hoy. En unas horas, en el día de mañana, ya quedará definitivamente levantado el Estado de Alarma en el conjunto del Estado. Ahora que ya no resulta necesario, sí me gustaría hacer balance y recordar que precisamente gracias a ese instrumento constitucional, al Estado de Alarma, hemos podido limitar movimientos, contactos, evitar así nuevos contagios, con la cobertura, insisto, plena, de nuestra Constitución. Gracias al Estado de Alarma hemos beneficiado a todas y cada una de las comunidades autónomas, a todas y cada una de las ciudades autónomas. Gracias al Estado de Alarma hemos podido salvar miles y miles de vidas en el conjunto del país. Según estudios científicos independientes 450.000 vidas se han salvado en nuestro país y más de tres millones de vidas en todo el continente europeo, gracias a las medidas de confinamiento que hemos realizado el conjunto de países europeos.

Comienza ahora una etapa nueva. Hemos, como he dicho antes, recuperado la calle, hemos reconquistado la movilidad, nuestra economía empieza a latir, nuestras fronteras empezarán a abrirse en el día de mañana, estamos en condiciones de avanzar, tenemos el deber de avanzar.

Desde luego, sí me gustaría compartir con ustedes que no podemos bajar la guardia. Tendremos que mantener la guardia alta, también desde el punto de vista institucional, y seguir a rajatabla las reglas de higiene y de protección. Sobre todo, con la mayor responsabilidad personal que hemos desempeñado hasta ahora. Cada uno podemos ser un muro frente al virus o una vía de contagio. Depende de cada uno de nosotros y nosotras. Eso es lo que hemos aprendido a lo largo de estas semanas tan difíciles.

Porque aunque España mantiene a raya el virus y lo mismo sucede en el conjunto de la Unión Europea, no ocurre lo mismo en otras zonas del planeta: la Organización Mundial de la Salud considera que la pandemia está en fase de expansión y ayer mismo se reportaron 180.000 nuevos contagios en el mundo. Para que se hagan una idea, 18 veces más que el día en que declaramos en nuestro país el Estado de Alarma. La advertencia, en consecuencia, es clara: el virus puede volver y puede sacudirnos de nuevo en una segunda ola y tenemos entre todos que evitarlo a toda costa.

Seguimos siendo vulnerables, seguimos necesitando la colaboración de todos y de todas, individual, y también la responsabilidad colectiva, para que lo conquistado con tanto esfuerzo hasta ahora no tenga marcha atrás. Así que depende de todos y cada uno de nosotros y nosotras.

Por eso, el Estado está preparando, entre otras cuestiones, una reserva estratégica con productos esenciales para hacer frente a posibles futuras emergencias sanitarias en nuestro Sistema Nacional de Salud. Una reserva estratégica que ha de complementar las reservas que deben constituir las comunidades autónomas en el ejercicio de sus competencias vinculadas con la sanidad y la salud pública.

Estamos vigilantes, pero también, y esto me gustaría compartirlo con todos ustedes, estamos orgullosos de lo que hemos conseguido juntos.

Y en este día, lo justo es reconocer a quienes más han hecho. Lo justo es conceder el protagonismo a todas las personas que con su esfuerzo, con su dedicación, con su compromiso han protegido a nuestro país, al conjunto de ciudadanos en estos meses tan terribles.

Por eso, como presidente del Gobierno quiero volver a dar las gracias:

Gracias en primer lugar a quienes han estado en primera línea, a los profesionales sanitarios, que han dado todo lo que tenían, y también lo que no tenían, para salvar nuestras vidas. A veces, incluso, a costa de las suyas propias. Gracias.

Gracias también a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, a las Policías Autonómicas, a las Policías Locales, a las Fuerzas Armadas por desplegar su profesionalidad y amparo en todos los rincones y por acudir en socorro de los mayores cuando estaban más desvalidos.

Gracias también a los trabajadores, que nunca se detuvieron para que los demás pudiéramos parar en seco: a los agricultores, a los empleados de supermercado, a los transportistas, al personal de limpieza, a los profesionales de las telecomunicaciones, de suministro de energía, de agua. Son muchos. En todos los frentes. Gracias.

Gracias también a quienes se han reinventado a toda velocidad para mantener nuestra mente activa, nuestra mente sana: a los profesores, a los maestro, a los educadores sociales, a los psicólogos.

Gracias también al mundo de la cultura por demostrar su imprescindible valor social abriéndonos puertas y ventanas al pensamiento y al entretenimiento durante estas semanas tan largas de confinamiento. Lógicamente también dar las gracias por su esfuerzo y su compromiso a nuestros deportistas.

Gracias a los profesionales de la comunicación que mantuvieron prendida la luz de la información cuando parecía que todo estaba oscuro a nuestro alrededor.

Gracias a los trabajadores que cuidan de nuestros mayores y que en estos meses han tenido sobre sus hombros la carga más dura.

Gracias también a los científicos, que trabajan día y noche precisamente para lograr ese remedio terapéutico o esa vacuna que nos permita superar esta epidemia.

Gracias, gracias a los pequeños que han tenido que soportar una experiencia que muchas veces pues les costaba entender.

Gracias también a los jóvenes que han contenido su vitalidad para proteger precisamente lo que más querían, a sus padres, madres, abuelos y abuelas. Sufrieron los jóvenes, el parón de las clases o la expulsión del mercado de trabajo, que se ha cebado sobre todo entre los más jóvenes. Por eso formación, empleo, vivienda son tres demandas legítimas de nuestros jóvenes a las cuales las instituciones públicas y sin duda alguna el Gobierno de España van a dar respuesta. Formación, empleo, vivienda, esto es: emancipación, futuro.

Y gracias a los mayores que han aportado serenidad cuando sentían muy cerca la amenaza del COVID-19.

Me gustaría también dar las gracias a las mujeres. Representan entre nosotros la mayoría del personal sanitario, son mayoría en el comercio, la alimentación, los servicios de limpieza hospitalaria, de residencias, también en los cuidados a una sociedad que se sentía desvalida. Algunas, además por desgracia han tenido que sufrir en esta situación la violencia de género que se ha exacerbado desgraciadamente durante estos meses de encierro. Nunca las olvidaremos. Y por ellas y por sus hijos e hijas trabajamos sin descanso.

Me gustaría también agradecer a todos los Gobiernos autonómicos, a todos los Gobiernos municipales, a los consells, a los municipios, a las provincias, con independencia de su color político el trabajo que han hecho conjunto con el Gobierno de España.

Y me permitirán también que como presidente del Gobierno dé las gracias al Ministerio de Sanidad, a todos y cada uno de sus trabajadores y trabajadoras que lo han hecho sin descanso. Día y noche desde el primero al último del Ministerio de Sanidad. Gracias de verdad, gracias de corazón.

Gracias en definitiva a todos los ciudadanos por el sacrificio, por la responsabilidad, y por la disciplina y la moral de victoria que han desplegado en estas semanas tan complicadas para todos.

Gracias en consecuencia a todos y a todas por quedarse en casa. De corazón. Es un orgullo, un honor, ser presidente del Gobierno de este gran país.

El trabajo de todos nos honra como país y honra la memoria de quienes hemos perdido por el camino. A todos ellos, a todas ellas, a quienes nos han salvado y a quienes murieron sin poder ser salvados desgraciadamente, rendiremos un gran homenaje de Estado el próximo día 16 de julio; un homenaje que presidirá el Jefe del Estado S.M. el Rey y al que asistirán los presidentes y presidentas autonómicos, las máximas autoridades europeas y también en representación de la Organización Mundial de la Salud, su director general.

Pero me gustaría también decir y compartir con ustedes algo, hay otro homenaje más duradero que podemos tributarles, sobre todo a aquellos que han estado en primera línea y sobre todo a aquellos que hemos perdido como consecuencia de esta pandemia es volver a levantar nuestro país desde la unidad.

Unidad para empezar sobre todo con los más débiles, con los más vulnerables. Socorriéndoles, asegurando un techo, la energía, el sustento, en definitiva, sin dejar a nadie atrás en esta crisis, como hemos hecho, por ejemplo, al aprobar sin ningún voto en contra en el Congreso de los diputados el Ingreso Mínimo Vital. Una medida histórica en nuestro país, sin precedentes también en el mundo que llega en un momento crítico. No íbamos a permitir más infancias rotas, más generaciones sin futuro o más familias sin esperanzas.

Ahora, como saben, toca la reconstrucción, toca la recuperación, que debe ser lo más rápida posible. Pero que no consiste en restaurar un viejo edificio para devolverlo a su estado anterior. Sabíamos que ese edificio contaba con debilidades, errores que teníamos que corregir. Debemos, en consecuencia, rehabilitar, remozar, el antiguo edificio de nuestra economía.

Hemos de poner las bases de una Nueva Economía. Así lo estamos trabajando con Europa, que ha presentado una agenda marcada por el cambio de nuestro modelo energético, por la transición ecológica, por la digitalización de nuestras empresas, por la formación, la educación y la ciencia. Ese es el sentido de los Planes que hemos presentado para sectores que han sido dañados como consecuencia del COVID-19 como es el Turismo o el sector de la Automoción. Ese es el sentido de la aprobación de medidas tan importantes en el Consejo de ministros que ahora mismo se están tramitándose en el Parlamento como es la Ley de Cambio Climático, la estrategia de Economía Circular, el Plan Nacional de Energía y Clima o la Ley de Educación. Y los planes que vamos a aprobar en el ámbito de la digitalización, de la ciencia, de la vivienda, de la renovación urbana, de la movilidad sostenible, del comercio y sobre todo y ante todo de nuestros jóvenes. Una transformación positiva, en base a criterios de sostenibilidad y de inclusión social como es por ejemplo, el Ingreso Mínimo Vital aprobado por el Congreso de los Diputados hace escasos días.

Necesitamos sectores recuperados cuanto antes, pero también necesitamos sectores renovados adaptados a un mundo que debe erradicar las emisiones contaminantes, que debe hacer frente a la emergencia climática y que ha de contener el derroche de energía. En definitiva, necesitamos recuperar nuestra economía y al mismo tiempo debemos renovarla para hacerla más inclusiva y más sostenible. Precisamos dar respuesta desde la economía también a este nuevo mundo surgido de la pandemia del COVID.

Este es el camino que tenemos ante nosotros. También el de poner en pie un Nuevo Estado del Bienestar que subsane las carencias que se han evidenciado en esta crisis.

Por eso, impulsaremos una Comisión mixta de Evaluación en el Congreso y el Senado para analizar con rigor el estado de nuestra sanidad, de nuestra ciencia, de nuestro sistema de atención a mayores y de nuestro sistema de protección social.

Contamos esta vez con una ventaja que no se dio en la anterior crisis y es la respuesta europea.

De la pandemia también emerge una nueva Europa, que ha aprendido la lección y que ha buscado el acuerdo, la unión, en definitiva la solidaridad a través de esa propuesta que hemos conocido de la Comisión europea, por una recuperación para la crisis que comportará transferencias, préstamos, para que el conjunto economías europeas, pero sobre todo aquellos países más golpeados, podamos relanzar nuestras economías impulsando la transformación digital, la formación, la ciencia y el cambio del modelo energético y también podamos asistir a los sectores sociales más afectados por la crisis.

En la crisis de 2008 ya comprobamos que el egoísmo que la división entre países, y dentro de los países, ahondó los males de la economía y los prolongó en el tiempo. Hubo entonces, y lo hay ahora, dentro y fuera de nuestras fronteras, quienes vieron en la pobreza en el paro, un desafío no económico, sino una especie de castigo merecido por los pueblos del sur de Europa por supuestos defectos morales que no eran tales. Pero lo cierto es que no fue ninguna penitencia lo que enderezó la economía y nos permitió recuperar la senda de crecimiento; fue el cambio, por ejemplo, en la en la política monetaria del Banco Central Europeo lo que mejoró la economía, y en consecuencia propició la creación de empleo y la prosperidad del conjunto de economías europeas.

Tenemos por delante el horizonte de la reactivación de nuestra economía, a nivel europeo y a nivel estatal, no solo, insisto, para reconstruirla, sino, sobre todo, para hacerla más sostenible, más digital, más productiva, más inclusiva. Para poner en pie una Nueva Economía.

Hemos aprendido de la anterior crisis que la insolidaridad no reactiva nada, sino que ahonda y prolonga los problemas de las empresas y también de la exclusión social y de la precarización de los trabajadores. También aquí es bueno no olvidar tan pronto las lecciones de un pasado tan reciente. También aquí necesitamos hacer las cosas de una manera diferente a como se hicieron en el pasado. Y es, en definitiva lo que ya estamos haciendo entre todos.

Esta vez Europa debe salvar a Europa. Y no como se hizo antes. Y a mí no me cabe duda que es lo que vamos a lograr. Y de este modo también el espíritu europeo, no me cabe duda, recibirá un nuevo impulso.

En el plano español, en el plano de nuestro país, estoy convencido de que España debe entenderse con España. Y por eso, en los próximos días, desde el Gobierno compartiremos con las fuerzas políticas que participan del ideal europeo el desarrollo de las negociaciones dentro del Consejo europeo de esas las propuestas conocidas por parte Comisión Europea y solicitaremos un respaldo activo a las posiciones del Gobierno de España. Europa debe vernos como somos, unidos en la defensa de los intereses nacionales y del avance de la causa europea.

España, como he dicho antes, debe entenderse con España. Una de esas consecuencias, de esa filosofía, de que España deba entenderse y reencontrarse con España, debe ser la de la reflexión que compartimos en muchas ocasiones de que da la sensación que la experiencia vivida, es que gastamos demasiadas energías, demasiado tiempo, en crear diferencias, divisiones, en definitiva confrontación entre nosotros. Diferencias que luego resultan peor que inútiles, porque son dañinas, cuando surgen los problemas de verdad, como son los que hemos visto y sufrido estas largas semanas, como la enfermedad y la muerte.

Nos lo decimos cuando asistimos impotentes a un fallecimiento o a una desgracia. Pero parece como que pronto lo olvidamos. Lo útil es unir fuerzas, propósitos; lo eficaz, lo que tiene sentido en estas horas tan críticas, es cooperar.

Es algo que hacemos en muchos ámbitos de la vida, si lo pensamos: lo hacemos en el trabajo, lo hacemos en la escuela, lo hacemos en la familia, lo hacemos con nuestros vecinos y vecinas. Y cada vez que lo hacemos comprobamos que da resultado.

Sin embargo, desde hace mucho, la sensación que tiene la opinión pública, el conjunto de ciudadanos y ciudadanas, es que esto no ocurre en la política. Y no tiene sentido que en todos los ámbitos de la vida seamos capaces de convivir, menos en el ámbito de la política donde lo que no se destila es precisamente ese entendimiento.

No podemos aceptar como algo natural e inevitable que la política se convierta en un generador de confrontación, de provocación, de odio. El Parlamento precisamente está dispuesto en un semicírculo para hablar. Para hablar con claridad, incluso con dureza. Pero también para dialogar. No es un ruedo en el solamente se deba pelear, no es un campo para el insulto o la provocación o la mera confrontación.

No se trata de renunciar con esto a nuestras propias ideas, a defenderlas con pasión, ni que a nadie se le pida actuar o defender ideas o intereses que van contra sus propios valores y convicciones. A lo único que debemos renunciar es a la falta de respeto, al insulto, al acoso, a la amenaza, a la provocación. Se trata de recordar que por encima de las diferencias legítimas que nos separan nos une una voluntad de convivir.

Ninguno de nosotros tenemos el poder de obligar a nadie a que abandone las formas crispadas y broncas en la vida política, pero todos y cada uno de nosotros tenemos el poder de abandonarlas en nuestra propia acción. En definitiva, en el camino del entendimiento, el respeto es un paso, pero ese paso es también una meta a la vez que un paso.

Todos hemos comprobado que la cooperación ha sido fundamental en el combate contra la enfermedad y también contra la muerte. Y todos sabemos que en el horizonte acechan otros enemigos igualmente temibles como son el paro, la pobreza, la exclusión social. Y también contra esos enemigos la mejor defensa es la unidad y la cooperación.

La unidad -lo he dicho en muchas ocasiones- ha evitado contagios, la unidad ha salvado miles y miles y miles de vidas en nuestro país. La unidad puede y debe salvar empresas, puede y debe salvar empleos. También por eso nos necesitamos todas y todos.

Si tuvimos el coraje suficiente para resistir juntos, no tengamos miedo alguno ahora de avanzar unidos. Avanzar unidos será el horizonte de los cuatro años de legislatura que tenemos por delante.

Y yo estoy convencido de que el mejor homenaje que los vivos podemos hacer a los fallecidos es honrar la vida, hacer un país mejor y más justo, más vivible.

Como saben, esta será mi última comparecencia de este periodo excepcional y quiero acabarla dándoles las gracias por su atención.

Y sobre todo, agradeciendo a todas los ciudadanos y ciudadanas que, sin distinción de ideas o de lugar de residencia, han actuado responsablemente, con generosidad; con espíritu y moral de victoria. Han sido solidarios y han sido comprensivos, han hecho frente al sufrimiento y las dificultades de manera ejemplar.

Todas esas personas, que han sido, no nos quepa duda, la inmensa mayoría de la ciudadanía española, son las que nos definen como pueblo. Una España que, además de proteger, avanza unida. Así debe ser. Avanzar unidos y unidas.

Gracias, muchas gracias.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)