Intervención del presidente del Gobierno en el Debate General del 75º Periodo de Sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas

25.9.2020

Señor presidente, señor secretario general, señoras y señores jefes de Estado y de Gobierno, embajadoras y embajadores, delegados y delegadas.

Benito Pérez Galdós fue un enorme escritor español, canario, cuyo centenario conmemoramos este mismo año. En una ocasión lamentó que "es triste comprobar que sólo la desgracia hace a los hombres hermanos". Es triste, pero es un hecho frecuente: los seres humanos solo nos comportamos como una hermandad cuando nos sentimos amenazados por una misma desdicha.

Esta del COVID-19 es la gran crisis de nuestra generación. Y esta emergencia nos ha hecho cobrar súbitamente conciencia, más que mil tratados o discursos, de que formamos parte de un solo mundo.

Ya habíamos recibido serios avisos previos. Ya un virus identificado por primera vez en un río de la República Democrática del Congo, el ébola, se extendió por varios países africanos y saltó después a Europa.

Ya una variante del influenzavirus A sufrió una mutación y dio un salto de un cerdo a un humano en el Estado de Veracruz en México luego bautizado como Gripe A, que acabó causando decenas de miles de fallecidos en varios continentes.

Ahora, este mismo año, un brote inicialmente localizado en un mercado de Wuhan, en China, ha paralizado al mundo entero durante meses y ha sumido a la humanidad en la peor crisis del último siglo.

Las consecuencias sanitarias, económicas y sociales del COVID-19 solo son comparables con lo que la humanidad sufrió durante la Gripe del 18, la Gran Depresión o la Segunda Guerra Mundial.

El virus afecta a toda la humanidad sin hacer distinción de ideología, de fronteras, ni de fortunas. Pero frente al virus sí cuenta la pobreza. La pobreza ha demostrado ser el factor que todo lo agudiza o lo atenúa. La pandemia ha agravado las dificultades y las desigualdades. La pandemia ha ensanchado la brecha de la injusticia y la vulnerabilidad. En Esuatini, el pequeño país del sur de África, el año pasado se contagiaban al día mil mujeres de VIH. Se crearon escuelas, espacios seguros exclusivos para ellas, para los adolescentes y también para los jóvenes. Esuatini estaba ganando la batalla contra el sida diez años antes de lo previsto. La pandemia, además de ensanchar brechas, ha detenido súbitamente y bruscamente el progreso. Ha detenido la esperanza de millones y millones de ciudadanos.

El virus no entiende tampoco de tecnología. Pero cuando las sociedades se han visto obligadas a reaccionar frente a la pandemia, cuando han reducido los contactos personales, incluso cuando han recurrido al confinamiento, cuando han tratado de mantener el pulso del trabajo de su empresa, de su negocio, el pulso de la educación, el ritmo de su ocio, de sus afectos…, la digitalización se ha mostrado la alternativa más efectiva para mantener la actividad social.

El virus tampoco selecciona los contagios en función del género. Pero cuando se ha cebado en grandes proporciones, como estamos viendo, de nuevo las mujeres han asumido el peso esencial de los cuidados y de la atención.

El virus, por fin, tampoco entiende de medio ambiente, ni del cambio climático. Pero esta emergencia sanitaria terrible nos ha hecho cobrar conciencia del verdadero significado de la expresión emergencia climática, una amenaza frente a la que no existe otra vacuna que la respuesta conjunta y unida de la Humanidad.

Esto es, junto a la emergencia sanitaria más inminente, son los cuatro retos a los que hacemos frente.

En primer lugar, el desafío de la emergencia climática;

En segundo lugar, el desafío del progreso técnico y la cuarta revolución industrial que acarrea la digitalización.

En tercer lugar, el desafío de la superación de las desigualdades lacerantes y la pobreza;

Y en cuarto lugar, El desafío de la plena igualdad entre mujeres y hombres y la extirpación de cualquier forma de discriminación en razón de género, raza o procedencia.

El primer reto atañe a la emergencia climática. Y si observamos la fotografía de nuestro mundo, podemos comprobar ilusionados que el agujero de ozono se recupera poco a poco gracias a un protocolo internacional que es el Protocolo de Montreal que obligó a los Gobiernos a reducir drásticamente las emisiones de CFC. Un ejemplo real, palpable, que ha demostrado que cuando el mundo quiere, el mundo puede. Un ejemplo que se suma a otro caso de éxito, por ejemplo, como es el Tratado Antártico, por el cual todo el territorio al sur del paralelo 60 de la Tierra está protegido de cualquier injerencia y solo puede ser utilizado por motivos científicos.

Y es que podemos alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible que se refieren al clima, a la vida submarina y a los ecosistemas terrestres si nos lo proponemos. Esta Asamblea es el espacio adecuado para reflexionar sobre el impacto que la pandemia tiene en los Objetivos de Desarrollo Sostenible y en la Década de Acción. El Foro Político de Alto Nivel de 2021 debería celebrarse, excepcionalmente, a nivel de jefes de Estado, de jefes de Gobierno, para acordar medidas urgentes que nos permitan cumplir con los Objetivos que nos marcamos hace cinco años.

No podemos bajar la guardia, ser conformistas, porque aún está todo por hacer. En lo que va de año han ardido dos millones de hectáreas en California. Una isla de plástico que triplica el tamaño de Francia flota en el Océano Pacífico y destruye nuestros ecosistemas marítimos. Y la desertificación y la sequía amenazan seriamente los medios de subsistencia de más de 1.200 millones de seres humanos en todo el mundo, produciendo movimientos migratorios insoportables.

Y, por encima de todo, sabemos que nos queda muy poco tiempo para evitar que la crisis climática sea irreversible. Carece por eso de todo sentido que ningún responsable público se permita despreciar el Acuerdo de París y sus compromisos de acción.

El segundo reto está, pues, asociado a la cuarta revolución industrial y a la digitalización. Los dos últimos siglos han visto multiplicarse la renta mundial por más de 20, en contraste con el estancamiento que había seguido la economía mundial en las centurias precedentes. Desde entonces se han sucedido las revoluciones industriales que han desplazado la actividad laboral desde la agricultura hasta la industria, luego hacia los servicios, han incrementado la productividad, el consumo con ellos el bienestar y la esperanza de vida aunque, evidentemente, de forma dolorosamente desigual.

La cuarta revolución industrial que vivimos tiene un alcance y una velocidad insólitas y puede alterar todas las esferas de la vida para bien o para mal. Puede proporcionar mayor ocio o generar más paro, puede fomentar el conocimiento humano o el control y la manipulación de las personas; puede impulsar el progreso conjunto de la Humanidad o ahondar, como desgraciadamente estsmos viendo, las desigualdades. Un dato ilustra este contraste tan enorme: se espera que el 40% del PIB de la Unión Europea corresponda pronto, muy pronto, a actividades digitales. Mientras en otros continentes, como por ejemplo el africano apenas cuatro de cada diez personas tienen acceso a Internet.

La digitalización encierra además un potencial enorme para reducir las emisiones y atajar la emergencia climática. La inteligencia artificial aplicada a datos masivos, el llamado Internet de las cosas facilitan una logística, un transporte mucho más eficiente, una reducción de las emisiones, una minería y una agricultura menos agresivas, el uso de las energías renovables y una economía más circular.

El tercer reto está asociado a la reducción de las desigualdades. Represento a un Gobierno de orientación progresista que ha hecho bandera de la erradicación de la pobreza infantil y de la reducción de las desigualdades dentro de nuestras fronteras, en España. Pero, más allá de la orientación específica de cada gobierno, hay que recordar que incluso quienes justifican ciertos grados de desigualdad distinguen entre lo que llaman "la desigualdad útil" y la "desigualdad opresiva". La pobreza es una desigualdad insoportable, opresiva, que además de constituir una injusticia flagrante se alza como un obstáculo para el progreso de las sociedades.

Y si es así en el seno de cada país, otro tanto sucede con la desigualdad entre países. Hay estudios que acreditan que la diferencia de la renta per cápita media de los distintos países explica más del 85% de la desigualdad de rentas existente en el mundo. Así pues, atacar la desigualdad exige hacerlo dentro de cada país, pero también, y sobre todo, reducir la distancia entre la renta media de los diferentes países.

El cuarto gran desafío es la total, absoluta, plena igualdad de derechos de las mujeres. Los avances en estos últimos años son incontables. En educación, en derechos civiles, en derechos laborales… Vemos a jóvenes encabezando los movimientos contra el cambio climático, vemos a otras jóvenes de blanco conquistando las calles en el este y a jóvenes negras liderando manifestaciones en el oeste. Inspiradas por otras mujeres que se examinan en el desierto, que regentan pequeños negocios en sus pueblos, que presiden países y que fotografían agujeros negros en el universo. Mujeres que han llegado ahí por el sacrificio que otras hicieron en el pasado, como Rosa Parks, Marie Curie, Marsha P. Johnson o Domitila Barrios.

Pero es imposible ignorar lo lejos que estamos de cumplir el quinto de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, porque cuestiones como la mutilación genital femenina persisten, la violencia machista rebrota y la brecha de género persiste.

Setenta y cinco años después de la firma de la Carta de Naciones Unidas en San Francisco, los líderes de los distintos pueblos del mundo tenemos hoy más motivos que nunca para subir a esta tribuna de paz y de progreso con respuestas, con acciones. El pasado lunes adoptamos unánimemente una declaración para conmemorar este aniversario de Naciones Unidas. Es un texto de pasado pero que tiene una profunda carga de futuro. Hagámoslo realidad. Convirtamos las buenas intenciones en medidas concretas.

Necesitamos salvar el planeta, que nuestra única morada. Necesitamos acompasar la digitalización de la economía en todo el mundo. Necesitamos extirpar y erradicar la pobreza, reducir las desigualdades sociales opresivas. Necesitamos acabar también con la desigualdad entre hombres y mujeres y con cualquier otro tipo de desigualdad, de discriminación por razón de creencia, tendencia sexual o identidad de género.

Y solo podemos lograrlo si actuamos unidos. La pandemia que atravesamos, lo sucedido en estos meses, nos recuerda la obligación, práctica, yo diría que también moral, de actuar unidos, unidas. Algo que choca frontalmente con las posiciones de quienes, desde hace algún tiempo, por desgracia, cuestionan el sistema multilateral y erosionan, en consecuencia, sus fundamentos.

Las preguntas son bien sencillas ¿Cómo podemos pedirle a la Organización Mundial de la Salud que lidere la respuesta frente a la pandemia de forma efectiva, si sus recursos se ven cada vez más mermados?

¿Cómo podemos abogar por un mundo abierto, interconectado, donde los ciudadanos tengan libertad y mayor calidad de vida, si demonizamos la inmigración y revertimos las reglas del comercio internacional?

¿Cómo podemos avanzar en la defensa de los derechos humanos, en la protección del patrimonio de la humanidad, si damos la espalda a las iniciativas creadas al efecto?

Sin duda, el sistema que representa Naciones Unidas necesita reformas y actualizaciones. Lo ha dicho en innumerables ocasiones el secretario general de Naciones Unidas. Pero la única solución aceptable es la del perfeccionamiento. Porque sabemos bien a qué conduce el repliegue nacionalista y el proteccionismo: a la desigualdad, el aumento de las tensiones y, en última instancia, al enfrentamiento.

Un mundo dividido por la desconfianza y por el conflicto, o un mundo global más justo y seguro: esa es la elección a la que nos enfrentamos.

La interdependencia de las naciones es un hecho incuestionable tal y como la pandemia, una vez más, se ha encargado de recordarnos. Pero no basta con invocar la unidad de acción como un principio abstracto o carente de contenido. Hay que creer en la unidad. La unidad permite progresar conjuntamente. La unidad conjura conflictos. La unidad salva vidas. La unidad y solo la unidad, puede salvar el planeta. Y debemos actuar. Hay que dar nuevos pasos. Y hay que darlos ya. En temas concretos, con decisiones concretas.

La urgencia del momento nos enseña que solo hay una forma de fortalecer el multilateralismo: que es la defensa de los Bienes Públicos Globales desarrollada en cinco grandes ejes que deben guiar la refundación de la arquitectura multilateral:

En primer lugar, reforzar el sistema de salud global. Es tiempo de dotar a la Organización Mundial de la Salud de nuevas herramientas, en la línea que dictamine la comisión independiente de evaluación; de sellar un "Pacto Global por la Salud", basado en la agenda 2030, y de liderar una recuperación socioeconómica que fortalezca las capacidades nacionales frente a nuevas pandemias, alcanzando la cobertura sanitaria universal. Y al mismo tiempo, deberemos garantizar el acceso equitativo a las vacunas contra la COVID-19. No se trata solo de una opción que es más eficaz desde el punto de vista médico sin duda lo es; es también un imperativo moral absoluto, innegociable.

En segundo lugar, revisar al alza nuestros compromisos de ambición climática. Una vez más, no hablamos de una elección entre alternativas: la emergencia que vivimos nos obliga a ser audaces para lograr un acuerdo global que blinde la protección de la biodiversidad en 2030, incluyendo la transición energética y la transición ecológica hacia un modelo productivo sostenible e inclusivo.

En tercer lugar, reforzar el sistema multilateral para el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales. Las guerras anclan a generaciones enteras en la pobreza y el dolor. Y no hay seguridad sin desarrollo, ni desarrollo sin seguridad. Y no podemos mirar a otra parte

ante los múltiples conflictos que siguen asolando la vida de millones de personas, esperando soluciones parciales. Su suerte también es nuestra suerte.

Debemos impulsar las negociaciones entre palestinos e israelíes para alcanzar un acuerdo de paz justo que preserve la solución de los dos Estados.

Debemos apoyar una salida dialogada al conflicto en Libia. Urge devolver al Sahel la paz y seguridad perdidas. Es necesario alcanzar una solución política justa, duradera y mutuamente aceptable al conflicto del Sáhara Occidental, tal y como establecen las resoluciones del Consejo de Seguridad y en el marco de disposiciones conformes a los principios, a los propósitos de la Carta de Naciones Unidas.

Queremos seguir apoyando los esfuerzos de Naciones Unidas allí donde está teniendo éxito, como en Sudán; pero también allí donde necesita del respaldo unánime de la comunidad internacional como, por ejemplo, en la lucha contra la proliferación de armas o en la aplicación del Plan de Acción Integral Conjunto.

Para España, mi país, tiene especial interés el estatus de Gibraltar tras la salida del Reino Unido de la Unión Europea. En este asunto, estamos llamados a cumplir con la doctrina de Naciones Unidas sobre Gibraltar, con la que España se alinea plenamente. Y deseamos trabajar por el desarrollo de un área de prosperidad social y económica que abarque todo el espacio de Gibraltar y el Campo de Gibraltar.

En cuarto lugar, defender más que nunca la democracia y los derechos humanos, promoviendo la protección de personas, de organizaciones, de comunidades, de redes a nivel internacional y local. La democracia es mucho más que una forma de gobierno: es un régimen de vida, dotado de valores para la humanidad entera, sin distinción de origen ni condición, que requiere de nuestro esfuerzo y ejemplaridad para combatir con éxito a quienes se oponen a ella.

Y por último y en quinto lugar, apostar por el multilateralismo financiero. Las instituciones financieras internacionales están llamadas a jugar un rol fundamental en la superación de esta crisis mundial, contribuyendo al desarrollo de una tecnología verde, digital, con especial énfasis en el sector sanitario, educativo, también el de las comunicaciones.

Algunas regiones, como América Latina y el Caribe, con las cuales mi país, España, tiene unos vínculos evidentes, están sumidas en la crisis económica igual de profunda que la que sucedió a la Segunda Guerra Mundial. Por eso, a instancias de España, convocamos en junio una Conferencia de Alto Nivel, haciendo un llamamiento a las instituciones financieras internacionales para que presten apoyo a la región. Y es que el nivel de renta de un país no puede ser el único criterio para que éste pueda acceder a los instrumentos de financiación internacional. Debemos repensar el sistema y debemos hacerlo de manera que los países más vulnerables clasificados como de renta media, que es el caso de los países a los cuales estoy haciendo referencia, puedan contar también con el apoyo internacional imprescindible para reactivar sus economías.

Del mismo modo, es crucial que aceleremos el proceso de reforma de la Organización Mundial del Comercio, revisando las reglas que nos permitan reforzar las cadenas mundiales de producción, de distribución, sin caer en ningún caso en el cierre de fronteras.

Querido presidente, querido secretario general, estimados colegas.

En cada rincón del mundo ahora mismo hay un joven, una joven, mirando la pantalla de su móvil. En las calles más escondidas de Nápoles, en una subasta de pescado en Estambul, en la plaza del Zócalo de Ciudad de México, en la Amazonía ecuatoriana o en un mercado en la India. Estos jóvenes han visto a sus madres y a sus padres, a sus madres, trabajar sin descanso. Todavía los ven. En la villa El Salvador, a las afueras de Lima, en Tánger, en Popasna. En todas partes. Y quizá estos y estas jóvenes se pregunten para qué trabajan sus padres, sus madres, sin descanso si nada a su alrededor cambia. Si nada a su alrededor mejora. Si no hay nada que transforme y mejore sus vidas. Si no divisan, en definitiva, esperanza, un horizonte.

En la mayoría de los lugares del mundo, cuando los jóvenes miran a su alrededor, no ven una oportunidad de vida. Observan que se cierran las puertas del progreso, de la promoción personal; que el deterioro del medio ambiente prosigue, prosigue y prosigue.

¿En qué momento decidimos que la expresión cambiar el mundo había dejado de tener sentido?

Me pregunto si alguno de esos millones de jóvenes nos está viendo ahora, ahora mismo, a través de la pantalla de su móvil. Me pregunto qué pensarán de nosotros si nos ven. Porque hay otro virus recorre el mundo, y es el virus de la decepción, del hastío, del descrédito, incluso de la indiferencia. De esos jóvenes que nos escuchan -o que desgraciadamente, la mayor parte de ellos no nos escuchan- en las cuatro esquinas del mundo. Ese virus lo hemos estado inoculando con cada nuevo desacuerdo entre nosotros; con cada incumplimiento de lo previamente acordado; con cada deserción de nuestros compromisos, de nuestras responsabilidades hacia el resto de los países.

Por inacción o por omisión, hemos permitido que el desafecto y la desconfianza hacia la gobernanza se extiendan por el mundo. Por indiferencia o por cobardía, hemos ignorado amenazas y realidades que hoy afectan seriamente a la salud física, política y moral del conjunto del planeta. Contemplamos el retorno de nacionalismos excluyentes, que pensábamos acabados, la xenofobias, de fantasías autárquicas, de autoritarismos impúdicos. Asistimos al auge de liderazgos basados en la demagogia, en la mentira, en el fomento del odio, la confrontación.

Frente a ello, quisiera hacer un llamamiento a la comunidad internacional. Una invitación, en definitiva, a entender el momento histórico en el que nos encontramos, formulada, precisamente, desde la urgencia del presente y desde la pasión de las convicciones.

En nombre de los jóvenes: Tenemos la obligación de actuar. Por todos nosotros, pero especialmente por quienes nos escuchan desde la incredulidad o desde la indiferencia. No podemos condenar a la juventud, por primera vez en dos siglos, a un mundo peor, más injusto, más desesperanzado, a un futuro de resignación sin alternativas. No podemos entregarla en manos de quienes trabajan por volver a alzar fronteras, físicas e ideológicas, que tanto trabajo nos costó derribar.

Debemos, en consecuencia, anticiparnos. Hay que entender que muchas de las ideas que han condicionado el orden social, el desarrollo económico de los últimos años, yo diría que de las durante las últimas décadas, han dejado de ser viables. La emergencia sanitaria que hemos vivido, la emergencia climática que estamos atravesando, las sucesivas crisis, recesiones, depresiones, demuestran a las claras el agotamiento y el fracaso de ese modelo.

Por tanto, no podemos seguir aspirando a un crecimiento desbocado e irreal. No podemos construir un mundo basado en la destrucción de las garantías de servicios públicos o del medio en el que vivimos.

No podemos seguir alimentando la ficción de un progreso que solo significa mayores cuotas de injusticia y de desigualdad para millones de seres humanos.

No podemos seguir diciéndoles a los jóvenes que el esfuerzo es condición suficiente para lograr sus sueños, si no hacemos realidad la igualdad de oportunidades.

Señor presidente, seño secretario general, queridos amigos.

Hoy, los aquí reunidos en este espacio virtual tenemos el deber histórico, moral, urgente, ineludible de actuar unidos para dar al mundo el nuevo horizonte de crecimiento y de progreso que merece.

Hoy tenemos el deber de ofrecer un horizonte de esperanza a los jóvenes.

Es, yo diría que nuestra mayor responsabilidad, especialmente con esa juventud que hoy no nos escucha. Hemos perdido su atención porque consideran que no somos útiles. Y por esa juventud seremos juzgados.

Muchas gracias.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)

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