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Intervención del presidente del Gobierno en el acto 'La Ciencia en la Agenda 2030'

La Moncloa, lunes 18 de marzo de 2019

Ministro, Pedro, Alta Comisionada para la Agenda 2030, amigos y amigas,

En primer lugar, me gustaría agradeceros en primera persona vuestra presencia hoy aquí. Sois personas todas ocupadas, me imagino que tendréis las agendas muy cargadas de compromisos profesionales. No me olvido, por supuesto, de los compromisos personales y familiares, que estoy convencido, también tenéis, y el que hayáis renunciado a ellos para estar en este acto, sin duda alguna, pues demuestra varias cosas.

La primera de ellas, y fundamental, el compromiso que tenéis con ambas cosas: con la España del conocimiento, con la España de la creación del conocimiento. Y, en segundo lugar, con la implementación de la Agenda 2030.

Gracias, Teresa, gracias Raquel, gracias Pablo, gracias Rosa por vuestros testimonios. Y, gracias, también públicamente, así lo quiero reconocer, al trabajo del ministro y, también, de Cristina al frente de la Agenda 2030.

Amigos y amigas,

En enero de 1931, un prominente médico español escribía desde Madrid a sus superiores una breve carta en la que pedía lo siguiente: "Deseo que de la retribución que me tiene asignada la Junta, por dirigir el laboratorio de Fisiología se desglosen 600 pesetas mensuales para distribuirlas de la siguiente manera: 150 pesetas para don Severo Ochoa de Albornoz; 150 pesetas para don Blas Cabrera Sánchez; 150 pesetas para don Rafael Méndez Martínez, y 150 pesetas para don Francisco Grande Covián. Todos ellos, -continuaba la carta- se dedican en exclusiva a la investigación y a la enseñanza y ninguno ejerce la profesión médica", terminaba así la carta.

Con el correr del tiempo, en 1959, uno de esos hombres a los que se pedía esa magra asignación sería Premio Nobel de Medicina, y el resto son ya la historia viva de la ciencia española.

Quien hacía esa petición se llamaba Juan Negrín, y pocos años después se convertiría en el presidente de la República Española.

Sus palabras transmiten lo que España era y lo que, en cierta medida, después de escuchar, sobre todo, el testimonio de Pablo y de Teresa -dos jóvenes científicos que nos acompañan- en cierta medida, lo sigue siendo hoy. Un país en el que los científicos y las científicas dependen de la inspiración de un mentor, de un hombre que sea profesor o profesora, o simplemente alguien bueno comprometido con la ciencia.

Un país al que le faltó interés por reconocer y fomentar el talento que albergaba, del que sus científicos y científicas se tienen que ir porque sus responsables públicos no reparan en que son ellos los que dan forma al futuro, y los que mejoran la vida de la gente.

Aquella carta de Juan Negrín es reflejo de la grandeza moral de un hombre y de una España que llegó tarde, demasiado tarde, a su encuentro con la ciencia. Y que creo que ha aprendido la lección, después de llegar tarde a ese encuentro con la ciencia. Puede que el segundo Premio Nobel de nuestro país en el campo de la ciencia, dependiera del contenido de aquella carta.

Hoy debemos ser conscientes o más conscientes aún si cabe, de la situación de la ciencia y de la urgencia de impulsarla. Esa carta nos dice mucho también acerca de la vocación científica del pundonor con el que sus impulsores han trabajado a lo largo de la historia, venciendo, primero, recelos sociales -que siempre es así-, lo sabéis mucho mejor que yo. Porque muchos de sus progresos cuestionaban y cuestionan saberes asumidos como verdades incuestionables por todos. Y venciendo, después, las limitaciones materiales, porque sus progresos fueron requiriendo más medios a medida que la ciencia se fue refinando y haciéndose más compleja.

Pero como responsables políticos, como país, como sociedad no podemos conformarnos, ni ampararnos ni servirnos de esa vocación para no cumplir con nuestra parte. Los científicos deben ser científicos, investigadores, profesionales al servicio de la ciencia. No héroes a los que póstumamente damos las gracias tras carreras épicas de privaciones. Y está en nuestras manos que eso cambie.

En estos nueve meses he tenido presente ese compromiso cada día, y si no lo tenía presente, el ministro me lo recordaba cada día, porque, como ha recordado Pedro, el derecho a la ciencia es un Derecho Humano recogido en la Declaración Universal. Y porque la ciencia es crucial para los compromisos que hemos adquirido como país, como sociedad, en el cumplimiento de la Agenda 2030. Digámoslo claro, no hay nada que podamos hacer respecto a los Objetivos de Desarrollo Sostenible si no apostamos de forma inequívoca y contundente por la ciencia, por la innovación.

Una apuesta que debe empezar por notarse, y también por materializarse en el día a día de vosotros los científicos y las científicas. Desafíos como el cambio climático, como bien aquí se ha comentado por parte de Teresa y de Pablo, la creciente desigualdad, como nos recordaba Raquel y también Rosa. O la pobreza infantil con la cual este Gobierno está, lógicamente, muy comprometido en su reducción y erradicación, requieren de dos pilares básicos: el compromiso social, y también el progreso científico. De nada vale uno, si el otro no le acompaña.

Por eso, en estos meses se han acometido reformas para afrontar la pérdida de talento investigador y docente y revertir así el empeoramiento de las condiciones de trabajo. Entre otras medidas, las conocéis bien, se ha aprobado la mayor Oferta Pública de Empleo en ciencia de los últimos años, además de la estabilización de 1.454 plazas temporales. Estamos hablando de consolidar el 10% de las plantillas de los Organismos Públicos de Investigación.

Para los más jóvenes se ha dado luz al esperado Estatuto del Personal Científico en Formación que, según la Ley de Ciencia de 2011 debería haber estado preparado en 2014; es decir, que hemos llegado con cierto retraso. Unos jóvenes, por cierto, que ya han cogido, como bien comentaba antes Pablo, el testigo y son vanguardia en retos como el cambio climático con "Los viernes por el futuro".

Y, también se ha simplificado el funcionamiento administrativo de la ciencia y de la investigación con medidas demandadas desde hace bastante tiempo por la comunidad investigadora.

Señoras y señores,

Uno de los momentos más gratificantes de estos meses, de esta legislatura, ha sido el de ver el Congreso de los Diputados votando de forma unánime la convalidación de las medidas urgentes en ciencia y en tecnología.

Creedme -y no descubro ningún secreto si lo afirmo- que no es fácil construir consensos como el alcanzado en este ámbito. La política no es una ciencia exacta. Y la lógica no se impone con la misma facilidad que en vuestros campos de investigación. Y no creáis que no lo echo en falta en alguna ocasión. Pero ese acuerdo dice mucho de las esperanzas que España tiene depositadas en sus investigadoras y, también, los científicos. Del respeto y la consideración unánime que merece vuestro esfuerzo a la sociedad en su conjunto, y que está representada en el Congreso de los Diputados.

La ciencia y la innovación debe ser cuestión de Estado, porque ya lo es así para muchísimos españoles y españolas. Debe serlo por algo que vosotros sabéis mejor que nadie, y es que los grandes logros exigen de planificación, de tiempo para el ensayo, y de error.

Puede que los ritmos de la ciencia no sean los mismos que los ritmos de la política, sobre todo, en los días que vivimos. Pero, precisamente por eso, la política no puede volver a dar la espalda a la ciencia nunca más. Creo que es imprescindible un gran pacto de estado, que permita conseguir la estabilidad de las políticas científicas. Creo que este es el desafío que tenemos por delante, de programas, y, sobre todo, de inversión.

Tenéis, en este caso, mi compromiso de que por nuestra parte no se van a ahorrar esfuerzos en este sentido.

No sabemos cómo será el mundo que vendrá, pero sí sabemos algo, que son las herramientas que se nos exigirán para afrontarlo y para poder transformarlo. El conocimiento y la innovación serán esenciales. Bueno, lo son ya, de hecho, no hablemos en futuro. Y por eso, debemos hacer un mayor esfuerzo en educar en ciencia, en formar en ciencia. Y no sólo en ciencia, también por trasladar ese conocimiento desde los laboratorios, los centros y las universidades a las empresas, a los hospitales, a los colegios y a la sociedad en su conjunto.

O es el conjunto de la sociedad el que se beneficia de los logros de ese progreso, es decir, hacemos un progreso inclusivo, o entonces no podemos hablar de un auténtico progreso.

Para terminar quería compartir con vosotros y con vosotras una reflexión: Mirad, muchas veces me he preguntado por qué tantas capas de la población miran con aprehensión, con desconfianza, e incluso con miedo y con mucho temor determinados avances de la ciencia y también de la innovación. Algo que no ocurrió, o al menos no de la manera tan intensa como está ocurriendo ahora mismo, en las Revoluciones Industriales previas.

Pensemos, por un instante, el impacto que tiene la inteligencia artificial o la robotización. Es verdad que nos van a librar de muchas actividades penosas, mal recompensadas, y nos va a ofrecer muchas oportunidades en el ámbito de la medicina, como bien comentaba antes Raquel o del ocio.

En cambio, el debate lo monopolizan aspectos negativos que, en teoría, nos aguardan. Y es que esta Cuarta Revolución Industrial tiene una particularidad histórica, y esta es la reflexión que me gustaría compartir con vosotros en este final de intervención, y es que su eclosión coincidió con la resaca de una crisis económica y social que ha marcado a nuestras generaciones. Esa coincidencia en el tiempo ha hecho que muchos adviertan una causalidad, que no es tal, o que no debería ser tal.

Además, no han sido pocos los líderes políticos, si los podemos llamar líderes políticos, que han explotado ese miedo con éxito en otras latitudes del planeta. Por eso, florecen discursos que quieren que viajemos hacia atrás. Discursos precientíficos, por ejemplo, en el ámbito del cambio climático, sin duda alguna.

Las supuestas Arcadias que nadie mejor que vosotras y vosotros sabéis que nunca existieron. Y es así por una sencilla razón, porque entonces no habríamos salido de ella. Ningún ser humano habría tenido el impulso de investigar o de innovar, de adquirir conocimiento para conseguir una vida mejor para los suyos y para sus sociedades.

Y, por tanto, debemos cambiar esa percepción, y creo que esa es una tarea que tenemos los que estamos aquí muy pendiente, y debemos ser convocados a ella: mostrad con convicción que gracias a la ciencia y gracias al conocimiento tenemos más herramientas, más instrumentos, más medios que nunca en la historia de la humanidad para solucionar los desafíos que hoy nos afligen y nos preocupan. Y convencer de que tenemos más opciones que nunca y no menos, de tener éxito en ese empeño.

Tenemos más opciones que nunca de erradicar enfermedades, de sacar a niñas y niños de la pobreza; de cerrar la intolerable y persistente brecha de género, o de hacer sostenible el desarrollo con energías limpias. En definitiva, de avanzar en los objetivos para los cuales estamos convocados hoy, que son los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030.

Por eso, os necesitamos. Creo que nos necesitamos todos. Necesitamos vuestro conocimiento, vuestro esfuerzo y, también, vuestra capacidad pedagógica para que nos contéis y nos enseñéis cómo tocáis el futuro con vuestros dedos y cómo lo hacéis presente para el conjunto de las sociedades.

Es una labor que yo sé que ya hacéis, y a las cuales ha hecho referencia, además, en su intervención el ministro, porque España destaca, también, por la divulgación de esos logros científicos.

Creo que la sociedad os necesita más que nunca. Cualquier Gobierno os necesita más que nunca.

Antes os decía que sin ciencia ya no hay política de tal nombre, aunque sus ritmos sean dispares.

Estamos unidos en la lucha por las causas más nobles de nuestro tiempo, y somos conscientes de que también a nosotros nos toca una parte esencial del trabajo. Creo que es la hora de la ciencia, porque en realidad siempre lo ha sido. Siempre ha sido la hora de la ciencia.

Así que, muchísimas gracias por vuestros testimonios y muchísimas gracias por vuestro compromiso en la presencia de esta casa, que es la casa de toda la ciudadanía española, pero singularmente debe ser hoy más que nunca la casa de la ciencia española.

Gracias.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)

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