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Intervención del presidente del Gobierno en el Parlamento Europeo

Parlamento Europeo, Estrasburgo, miércoles 16 de enero de 2019

Señor presidente del Parlamento Europeo.

Señor vicepresidente de la Comisión Europea, señor comisario.

Señoras y señores diputados.

Es un honor, un auténtico honor, dirigirme a todos ustedes para aportar la visión de España al apasionante debate sobre el futuro de la Unión Europea.

Y digo "apasionante" con toda convicción y desde la propia experiencia vital. En 1985, cuando se firmó el Acta de Adhesión de España a la entonces Comunidad Económica Europea, yo tenía 13 años. Y a pesar del tiempo transcurrido, recuerdo con claridad aquel día.

Recuerdo la emoción que sintieron quienes habían sufrido durante décadas la ausencia de democracia y de libertades en mi país, en España.

Recuerdo la emoción en una generación entera de españoles, la de mis padres; hombres y mujeres para quienes Europa significaba, durante muchos años de dictadura, libertad y Estado de derecho, progreso y cohesión.

Aquel momento representó para España muchas cosas, sobre todo representó   la garantía de que ya no habría vuelta atrás. De que, al fin, estábamos en paz con nuestra historia; de que, al fin, nadie, nunca jamás, volvería a arrebatar la democracia a nuestro país.

Desde entonces, generaciones posteriores de españoles -la mía propia- han visto las fronteras interiores convertidas en reliquias de la historia; y han construido solidaridades y afectos con pueblos antaño distantes.

Siempre desde el respeto a los valores que hoy identificamos como europeos: la seguridad jurídica, el respeto al Estado social y democrático de derecho, el diálogo y la tolerancia, el feminismo y la igualdad de oportunidades, la fraternidad y la convivencia, el ecologismo y la solidaridad intergeneracional.

De modo que, sí: pueden considerarme un apasionado europeísta. Orgulloso de lo que ese atributo representa, y, precisamente orgulloso, ahora, cuando algunos, esgrimen el antieuropeísmo como un supuesto activo electoral.

Gracias, presidente Tajani por darme la oportunidad de dirigirme a este Parlamento. Situarlo en el corazón de este debate a mí me parece que es un gran acierto, precisamente cuando vamos a celebrar el 40 aniversario de las primeras elecciones europeas, la Unión no se entiende sin la primacía de los valores democráticos.

Señoras y señores diputados.

Antes de nada, quisiera hacer mención a la votación de ayer en el Parlamento británico.

Respeto, como no podía ser de otra manera, como presidente del Gobierno, de un Estado miembro, respeto, pero no puedo sino lamentar el rechazo negativo al Acuerdo de Retirada del Reino Unido de la Unión Europea. Un acuerdo que ha sido negociado durante más de un año y medio y que, además, quisiera reconocer en la figura del principal negociador Michael Barnier, el extraordinario trabajado que ha hecho por mantener la unidad de los 27 Estados miembros. Como decía, un acuerdo que ha sido negociado durante un año y medio, y que creo que es el mejor acuerdo posible. Es la opción que protege mejor los intereses del Reino Unido y, también, del conjunto de Estados miembros de la Unión, y, por tanto, de la sociedad europea.

Es la opción que protege no solamente los derechos de sus ciudadanos sino también los derechos de los principales operadores económicos. Un acuerdo, en consecuencia, que contiene un equilibrio de concesiones que es muy difícil de alcanzar y que busca, ante todo y sobre todo, una salida ordenada.

Corresponde, en este sentido, al Gobierno del Reino Unido adoptar las decisiones que considere oportunas sobre los pasos a dar. Nosotros estamos como Estados miembros y también como instituciones comunitarias haciendo nuestro trabajo, adoptando tanto los países miembros, como la Comisión Europea las medidas necesarias para minimizar el impacto de una posible salida sin acuerdo.

Señoras y señores diputados, siempre he manifestado mi opinión, tanto en el Parlamento de España como también en sucesivas y distintas entrevistas a los medios de comunicación, que el Brexit es una desgracia para el pueblo británico y también para el conjunto de la Unión Europea. Nadie gana. Todos perdemos. En especial, los británicos, y, en particular, quienes más necesitan del amparo de su Gobierno, aquellos que son los más vulnerables. Pero es una decisión soberana que no podemos sino respetar. Y por ello, deseo que el Reino Unido elija mantener una relación lo más estrecha posible con el conjunto de la Unión Europea.

La decisión corresponde a ellos, pero nuestros principios son claros: La integridad del mercado interior, la indivisibilidad de las cuatro libertades y la autonomía de decisión de la Unión. En el marco de estos tres puntos nos encontremos siempre.

Señoras y señores diputados, quisiera hablarles de la necesidad de movilizar Europa. Quisiera hablarles de la necesidad de relegitimar Europa frente a los nuevos desafíos. Pero también frente a quienes quieren la destrucción de Europa, hablemos claro. Hay dentro y fuera actores importantes que quieren la destrucción de la Unión.

Como líder de la familia socialdemócrata sé que esperan de mí que hable de la Europa Social, de la Europa que ampare. Y lo voy a hacer, porque creo que la   Europa Social es la Europa de las convicciones.

Ahora bien, precisamente por esa convicción moral -y porque es necesario reconciliar la idea de Europa con lo que espera de ella por parte de la ciudadanía- si me preguntan cuál es la idea central en mi intervención, es un llamamiento mucho más amplio. Es muy sencillo, se resume en una frase:   Para que Europa proteja, nos toca ahora mismo, en este momento histórico,   proteger a Europa.

Proteger Europa es construir una Europa de derechos que ampare a los vulnerables; es impulsar una Europa de oportunidades para nuestros jóvenes y también para los parados de larga duración, que no necesariamente deben tener 60 años, sino que en países, como el mío, tienen 45 años y están sufriendo el paro de larga duración. Es avanzar hacia una Europa Social que fortalezca nuestro tejido empresarial y nuestro tejido industrial, pero también salvaguardando derechos laborales frente a la precariedad que inunda los mercados de trabajo de todos y cada uno de los Estados miembros de la Unión.  

Proteger Europa es garantizar la seguridad y la defensa de nuestros conciudadanos; con los medios que hagan de la Unión un actor global, capaz de defender sus valores y sus ideales.

Proteger Europa es reafirmar nuestro compromiso con los Acuerdos de París en la lucha contra el   de cambio climático. Es también culminar de una vez por todas   la Unión Económica y Monetaria.

Sólo así: con una Europa que se reconcilie con la ciudadanía; con una Europa autónoma para defender su modelo de Estado de bienestar, con una Europa que culmine la arquitectura económica y monetaria. Sólo así podremos abordar los desafíos que marcarán las próximas décadas con las suficientes garantías.

Así que no es momento de vacilar. A los enemigos de Europa les digo que   nuestra convicción y determinación vencerán al autoritarismo. Por dura que sea la retórica excluyente de algunos; por cuestionables que sean, lógicamente,   sus métodos y sus mentiras. Es el momento de mostrar convicción y determinación en la defensa de nuestro proyecto común, que es Europa.

Hoy se está librando una auténtica batalla en el terreno de las ideas.   Este es un escenario, en el que, a buen seguro, también se está desarrollando esa batalla, como lo es, en todos y cada uno de los Parlamentos naciones: involución frente a progreso. Nosotros sabemos que el futuro nunca se conquistó dando pasos hacia atrás. Y por ello, no podemos retroceder ni un milímetro en la defensa del modelo europeo. Europa protege si todos, todos y cada uno de los que nos sentimos concernidos, no solamente los Estados miembros, no solamente el Parlamento Europeo y los Parlamentos nacionales, no solamente la sociedad civil, sino el conjunto de la ciudadanía, protegemos Europa.

A los que extienden mensajes de repliegue desde esta tribuna, también,   Europa, les digo, no es, ni será jamás, una amenaza a la extraordinaria diversidad de nuestros países, de nuestras lenguas, de nuestras culturas. Europa es todo lo contrario: Europa es la multiplicación, nunca la división de identidades. No se es menos español por ser europeo, al contrario.

La Unión Europea nunca fue ni será una mera expresión geográfica. Eso es lo que nos une. Fue, es y será una comunidad de valores.

Los valores de la revolución francesa: la libertad, la igualdad, la fraternidad. Tan importante en estos días, la fraternidad.

Valores que son propios de sociedades abiertas y optimistas; las que innovan y las que crean, porque ven el futuro como oportunidad y nunca como una amenaza.

Sociedades que vinculan competitividad, la necesaria competitividad con el   desarrollo económico, con algo fundamental, que nos define como europeos, como es la cohesión social, y nuestro modelo de bienestar. Compromiso este,   como el que nos une en los Objetivos de Desarrollo Sostenible en la Agenda 2030, que es un auténtico Contrato Global de la próxima década que debe encontrar en a Europa a su principal activista y embajadora.

Señoras y señores diputados, es evidente que existe desencanto social en el contexto de la globalización. Los vivimos en todas y cada una de las calles, de los pueblos, de las plazas de nuestras ciudades a lo largo del Continente. Desencanto que alimenta las retóricas ultras y que nace de una paradoja:

Por un lado, la globalización ha redistribuido la riqueza entre regiones del planeta, y, en consecuencia, ha reducido la desigualdad global.

Pero, por otro lado, incrementa la desigualdad desde o dentro de nuestras propias sociedades.

Y, en definitiva, si lo pensamos bien, el auge de los mensajes antieuropeístas debe mucho a este último fenómeno. Y, sin embargo, la globalización no es una catástrofe natural ante la que debamos estar indefensos.

Goethe decía que los padres debían dar a sus hijos "raíces y alas". De manera similar, la Unión Europea debe proporcionar a sus ciudadanos "raíces"; es decir, un anclaje, una protección, un amparo y "alas". En definitiva, empoderarlas, para que puedan prosperar a partir de las oportunidades en un mundo globalizado.

Estamos, señoras y señores diputados,   ante un cambio de época, y el próximo 26 de mayo abrirá un nuevo ciclo político en Europa. Y la prioridad, en consecuencia, debe centrarse en regular la globalización para garantizar la vigencia del modelo social europeo. Debemos consolidar los cimientos de la Unión Económica y Monetaria, completándola con la base indispensable de una Unión Política, Social y, me gustaría también añadir, Medioambiental.

Una década después de su inicio, muchos de nuestros conciudadanos todavía sufren las consecuencias de la gran recesión, en forma de desigualdad salarial, de exclusión social, de precariedad, de bajada salarial.   Una crisis que asoció injustamente la idea de Europa a la austeridad. A la austeridad, por cierto, de los que siempre fueron austeros por necesidad, frente a quienes nunca fueron austeros y estuvieron detrás de la responsabilidad de la crisis financiera que afectó y azotó al conjunto de las sociedades europeas. La consecuencia fue la desigualdad, y, en especial, la desigualdad intergeneracional -la desigualdad que sufre la gente joven en nuestro Continente- y, por supuesto, la desigualdad de género, porque las mujeres son las que están sufriendo con mayor impacto y mayor intensidad, la precariedad y la desigualdad en el ámbito laboral. Por tanto, desigualdad, precariedad y el debilitamiento del Estado de bienestar.

Ese relato, hay que reconocerlo, dividió a las sociedades, pero también nos dividió a nosotros como Unión: dividió a los países entre el norte y el sur, entre el este y el oeste, entre los países acreedores y deudores. Así que es el momento de cerrar esa etapa,   y relegitimar Europa donde más se le necesita  que es entre la ciudadanía.

Y para lograrlo, debemos reivindicar la Europa Social, la Europa de los derechos. La cohesión social y territorial es un pilar esencial, y yo diría, único en el mundo, de las sociedades europeas.

Para recuperar legitimidad, la Unión debe promover un nuevo contrato social. Hacer que la globalización, con el amparo europeo, sea una fuente de oportunidades y no   únicamente una fuente de   amenazas.

Es indispensable fortalecer la cohesión social, con objetivos claros, medibles para el empleo, para la justicia social y también para   la sostenibilidad de nuestro Estado de bienestar. Debemos reforzar esta perspectiva en los procedimientos europeos de coordinación económica, y también en la política de cohesión.

Esa es, y no otra, señoras y señores diputados, la filosofía de la propuesta   que ha defendido el Gobierno de España en el seno del Consejo Europeo, como es la creación de un Seguro Europeo de Desempleo, un auténtico "backstop" para la gente, desde el que dotar de contenido a conceptos tan importantes, para quienes creemos en la Unión, como es la   solidaridad y como es la ciudadanía europea. Una vía que debemos promover activamente y en paralelo a la culminación de la Unión Económica y Monetaria.

Y en la misma línea, es imperativo culminar la tarea que nos han encomendado los sindicatos europeos: la directiva de conciliación de la vida personal y laboral; también la relativa a condiciones laborales transparentes y previsibles en el conjunto de la   Unión Europea. Y asegurarnos de que todas las personas, con independencia de su raza, de su sexo o de su edad, tienen acceso   a un trabajo digno en nuestro Continente.

La Unión   tiene que estar presente en la lucha contra la precariedad laboral. La incertidumbre en el trabajo implica incertidumbre vital, y   no podemos permitir que cale la idea de que la gente joven en nuestro Continente está destinada a vivir peor que la generación precedente. Es primordial -en este punto, y esta es la posición del Gobierno de España- apostar por la Garantía Juvenil.

Señoras y señores diputados, hace siete meses, España formó el Gobierno con más mujeres de la OCDE. Es un hito en el camino de la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres, al cual le queda todavía muchísimo camino por recorrer. Un camino que nunca hubiéramos podido recorrer sin el impulso de Europa, y sin el ejemplo y la inspiración de Europa.

Así que hoy, en esta casa, quiero agradecer, singularmente, el compromiso de las mujeres, de las diputadas de todo el Continente, con el ideal que ya forma parte del acervo europeo, como es el feminismo.

En la causa de la igualdad de género -lo que sí les puedo garantizar- es que España no va a dar ningún paso atrás. Seguiremos dando pasos adelante. Pero necesitamos, también, del concurso de Europa.

Por eso, hoy quiero proponer la adopción de una Estrategia de Igualdad de Género de la Unión Europea con carácter vinculante. Una estrategia para combatir la brecha de género, la mayor tasa de desempleo que sufren las mujeres y la precariedad, que sufre con particular intensidad, la mujer. Que la voz de Europa lidere esta lucha en la que es ya el siglo XXI,  es el siglo de las mujeres.

Debemos, señoras y señores diputados,   avanzar en la obligatoriedad de los principios del Pilar Europeo de Derechos Sociales; en igualdad de oportunidades en el acceso al mercado de trabajo y en las condiciones de trabajo justas, así como en protección y en la inclusión social. Reitero, por ello, mi apoyo al Reglamento de la Autoridad Laboral Europea para garantizar los derechos de los trabajadores y trabajadoras en el mercado laboral.

Europa debe saber expandir la igualdad de oportunidades, y garantizarla en el acceso a todos los estudios, incluidos también a aquellos de alto perfeccionamiento. En la cultura, en la ciencia y la investigación, estaremos todos de acuerdo en que tenemos un bastión fundamental contra quienes quieren destruir el sueño europeo.  

Señoras y señores, para garantizar la seguridad de nuestros ciudadanos y reforzar nuestro papel en el mundo, como auténtico actor global, es necesario avanzar con decisión, con determinación, en la Europa de la Seguridad y de la Defensa.

Hace algo más de un año lanzamos la Cooperación Estructurada Permanente. Estamos dando los primeros pasos para la creación de capacidades propias en el ámbito de la defensa tras décadas de parálisis.

Y este es el momento de hacerlo con decisión. De avanzar, abiertamente, en la creación de un verdadero ejército europeo.

La Unión, señoras y señores diputados,   tiene que mostrar al mundo que es un 'soft power' -si me permiten la expresión- por elección, no por debilidad. Por convicción. La capacidad de proyectar fuerzas conjuntamente más allá de nuestras fronteras, y la voluntad política para hacerlo, son condiciones fundamentales para ser una potencia creíble en el tablero internacional.

La Unión es un modelo, sin duda alguna, atractivo para el mundo en muchos aspectos. Muchas veces se nos olvida,  pero es así.  Es precisamente la Unión lo que nos permite aspirar a un papel de liderazgo a nivel mundial. Representamos las posibilidades de un orden multilateral, que ahora mismo está siendo puesto en cuestión por fuerzas internacionales bien importantes; un orden multilateral basado en el derecho y en las reglas comúnmente aceptadas.

España, quiero decirles, que está dispuesta a contribuir en este liderazgo. Aportando. Y aportando decisivamente gracias a nuestra relación privilegiada con Latinoamérica, con el Norte de África y con Oriente Medio. 

Pero, sin embargo, ante los grandes desafíos mundiales, el peso de Europa es muy inferior al que se tiene en otros ámbitos, en los que la Unión tiene competencia exclusiva. Y en este sentido, me gustaría hacer alguna reflexión.

Tenemos que llegar a ser un verdadero actor global. Hoy no lo somos. Y para ello es necesario eliminar la regla de la unanimidad; no sólo en materia de política exterior, sino también en materias tan importantes como la fiscalidad, el presupuesto plurianual y el mecanismo de verificación de respeto al Estado de derecho y los Derechos Humanos.

Proteger Europa es, hoy más que nunca, dotarla de herramientas, que tienen que ser necesariamente   ágiles en la toma de decisiones. Apostar, en definitiva,  por una nueva soberanía, que es la soberanía que ustedes representan, que no es ni más ni menos tan importante como la soberanía europea.

Y, en tercer lugar, señoras y señores diputados, debemos completar la arquitectura de la moneda única y avanzar en el Marco Financiero Plurianual.

Hace cincuenta años, en La Haya, los jefes de Estado y de Gobierno de la entonces Comunidad Económica Europea abrieron el camino de la Unión Económica y Monetaria.

 

Y se da la paradoja de que el año final de cada década estuvo siempre marcado por un avance sustancial en este terreno. Fíjense: En 1969, Cumbre de La Haya, al cual antes hacía referencia. En 1979, la adopción del Sistema Monetario Europeo. En 1989, el Plan Delors para alcanzar la Unión Económica y Monetaria. Y, en 1999, la implantación oficial del Euro.

Entre esta última fecha, 1999, y el año que acabamos de estrenar, 2019, sólo hay un llamativo vacío en esta secuencia, casi perfecta, que es el año 2009, cuando la crisis financiera internacional reveló las carencias de nuestra arquitectura de la moneda única.

Así que, nada ilustra mejor el impacto de la crisis, que esta cadencia rota. Así que, hagamos de este 2019, un año definitivamente para avanzar.

El Euro, a mi juicio, pese a las dificultades que, lógicamente, ha entrañado, sobre todo en momentos tan difíciles como los de la década de la crisis, es una historia de éxito que aporta beneficios económicos y también políticos al proyecto europeo.

Pero sin las reformas necesarias para reforzar nuestra moneda única, la Unión Económica seguirá estando incompleta y expuesta a la inestabilidad.

No se trata sólo de reforzar el sistema financiero, a través de una Unión Bancaria en los tres pilares fundamentales y mutualizados. Eso es evidente, lo saben ustedes, y lo han defendido, si no de acometer, a medio plazo, una integración fiscal más estrecha. Con herramientas de estabilización para atenuar los efectos adversos sobre la actividad económica y el empleo ante eventuales crisis en el futuro.

Relegitimar Europa en este territorio a mí me parece que es clave. Es fundamental, y para ello, los ciudadanos deben sentirse protagonistas de esas reformas. Deben sentirse en el centro de esas reformas, proteger sus ahorros, protegerlos de la inflación o protegerlos y ampararlos cuando hay crisis económica y desempleo.

Una moneda común es un pilar clave de un proyecto político compartido, como es la Unión Europea. La reforma de la Unión Económica y Monetaria tiene que asegurar que la protección e inclusión social están presentes desde la misma concepción de nuestras políticas económicas comunes.

El momento, además, es este, cuando las condiciones económicas continúan siendo favorables.

Que sea la política la que, por una vez, se anticipe a los acontecimientos. Que no sean estos los que vuelvan a marcar la agenda de la Unión Europea. Debemos completar la estructura del Euro antes de que la próxima crisis debilite nuestra moneda y nuestra Unión. Aprendamos de la experiencia reciente y avancemos con decisión; no podemos permitirnos el precio que sabemos que tendría la inacción. Para las instituciones, pero, sobre todo, para quienes representamos, en este foro, y en otros muchos institucionales a nivel nacional.

Y, miren, en lo relativo al nuevo Marco Financiero Plurianual, nos enfrentamos a nuevos desafíos por atender. Pero también debemos consolidar iniciativas estratégicas, como la Política Agrícola Común o las Políticas de Cohesión, que son tan importantes para países como España. La Europa urbana no puede desentenderse de la Europa rural, si me permiten la síntesis de esta reflexión.

Reducir el presupuesto implica aceptar la idea de que Europa se retira, de una Europa en retroceso. Así que, pensemos también en quién se beneficia de este tipo de mensajes.

La propuesta de la Comisión, a juicio del Gobierno de España, contiene elementos positivos, muy positivos, como el nivel de gasto, la dimensión exterior de la política migratoria -a la cual posteriormente me referiré- o el reforzamiento de los programas de innovación y de desarrollo tecnológico.

Europa tiene que ser soberana en innovación, y reducir su dependencia en inteligencia artificial, en informática cuántica, en ciberseguridad y en la automatización. Sólo uniendo nuestras capacidades y recursos podemos competir con garantías. Y por ello, la propuesta de duplicar los fondos del Programa Erasmus es especialmente oportuna, y, desde luego, el Gobierno de España lo apoya.

Pero es necesario también avanzar en otras líneas.

Debe haber una respuesta europea a fenómenos que creíamos desterrados en nuestras sociedades, y que crecen a costa del incremento de la desigualdad, como es el de la pobreza infantil.

La Europa de las oportunidades arranca, señoras y señores diputados, desde la infancia. Por eso quiero apoyar -como presidente del Gobierno de España- expresamente la necesidad de impulsar una Garantía Infantil para atajar la exclusión social más temprana.

Señoras y señores diputados, la propuesta que tenemos -aun con carencias en este ámbito- es un buen punto de partida, pero es el momento de dar un salto adelante.

Nuestra Unión vale mucho, pesa mucho más que un 1% del Producto Nacional Bruto Europeo. Así que, prudencia en el gasto; racionalidad en el gasto y capacidad para atender las prioridades derivadas de los retos transnacionales que enfrentamos. Todos ganamos con un Presupuesto de la Unión razonable, previsor, creador de sinergias y de economías de escala.

Proteger Europa es avanzar -como decía- en la Europa social, en la Europa de la defensa y en la Unión Económica y Monetaria. Una Europa Federal, en definitiva, federal, que se relegitima si reconquista el favor de su ciudadanía. Que necesita confrontar el relato de la distancia con medidas que la hagan de ella una realidad cercana. Y que encuentra su norte, su guía, en los valores que la identifican.

Señoras y señores diputados,

Quiero recuperar esa idea al abordar el último vector de mi intervención, el que alude a los desafíos en materia de cambio climático y de migraciones.

En ambos marcos, quiero apelar a valores nítidamente y netamente europeos. Y hacerlo desde una sincera voluntad de alcanzar consensos, más allá de las fronteras ideológicas; consensos que unan frente a quienes más provecho obtienen de la división de los que estamos aquí presentes.

Estas materias son el campo de batalla -si lo pensamos bien- por quienes ni creen, ni creen ni creerán nunca en Europa. Son el marco conceptual desde el que intentan socavar los cimientos de la democracia liberal.

Es aquí donde, nuevamente, invoco la necesidad de proteger Europa. De preservar, de defender nuestro modelo europeo; pero también nuestros valores europeos.

En materia de cambio climático, foros internacionales recientes muestran el avance de posiciones escépticas, resignadas, o incluso beligerantes.

Nuestra perspectiva en este ámbito debe aunar compromiso global y oportunidad de futuro. La transición energética puede y debe ser un vector de modernización y de creación de oportunidades en nuestros países. Pero también de cohesión, con el impulso de interconexiones energéticas para mejorar nuestra eficiencia y reducir emisiones.

Las consecuencias de este desafío son devastadoras (ustedes seguro lo han debatido en multitud de ocasiones en el seno de este foro). La propia entidad de este desafío nos reafirma en la vigencia de la Unión Política, porque ni el autoritarismo, ni el nacionalismo excluyente pueden negar la evidencia de que contra este reto del cambio climático nada pueden las fronteras. Por eso militan en el negacionismo irracional.

El cambio climático se combate desde la razón y desde la ciencia. Y ambas están de nuestro lado. De lado de una Europa cuya voz es imprescindible ante el repliegue de actores muy importantes en el escenario internacional.

Y en parecidos términos quiero referirme, también, al segundo ámbito al que antes hacía referencia, que es el de la cuestión migratoria.

Hablamos de una materia, señoras y señores diputados, en la que la actuación conjunta y coordinada, en colaboración con los países de origen, de tránsito y de destino es fundamental. Para España esta perspectiva es crucial, especialmente desde nuestra condición de frontera exterior de la Unión. Desde ese punto de vista, tenemos muy presente el papel clave que desempeña países muy importantes para el conjunto del Continente europeo, pero también para España, como es el Reino de Marruecos en este ámbito en términos de cooperación y de control. Un papel que me gustaría   resaltar expresamente en esta Cámara. 

Necesitamos impulsar un enfoque global paralelo en esta materia. La Conferencia de Marrakech representa, o representó un primer paso para alcanzar una gestión multilateral del asunto migratorio, y España es, desgraciadamente, con muy pocos países europeos, uno de los firmantes de este Pacto Global.

Sé muy bien, como lo son todos ustedes, del potencial divisorio de este debate en nuestras sociedades. Pero no podemos partir de un enfoque negativo de la cuestión migratoria, centrado exclusivamente en la migración irregular. La migración regular tiene implicaciones positivas para nuestro desarrollo económico; juega un papel esencial en sectores deficitarios de mano de obra; y contribuye a paliar uno de los desafíos que tenemos en nuestro Continente como es el envejecimiento poblacional.

Pero no hay respuesta posible a este desafío sin un compromiso de nuestro Continente con África, que necesita una transformación socioeconómica profunda. Esta vía política, de medio y largo plazo debe transitar en paralelo con el control de fronteras, que es una obligación de todos y de cada uno de los Estados miembros.

Un espacio único, sin fronteras exteriores, requiere una política migratoria conjunta, en la que la reforma del Sistema Europeo Común de Asilo ocupa un lugar central.   Necesitamos reglas adaptadas a la realidad actual. Y dos principios deben servir de guía a esta reforma, como es el de la responsabilidad y la solidaridad.

Que la complejidad de las negociaciones no nos haga perder el punto de   vista del sentido originario de esta reforma cuando se propuso, que es cumplir con nuestros deberes -derivados de los Convenios Internacionales de protección de derechos Humanos- hacia las personas que huyen de la persecución, de la guerra y de los conflictos.

El prestigio de Europa, señoras y señores diputados, se pone en duda cuando emergen en nuestro seno actitudes contrarias a la más esencial humanidad. Ser solidarios y empatizar con los demás nos ayuda, también a serlo con nosotros mismos. Europa no sigue modas, señoras y señores diputados, Europa, con su acervo democrático, es la que crea tendencias. Ahí reside nuestra fortaleza.

Señoras y señores diputados, nuestra división aquí, en la Unión, es nuestra mayor debilidad. De ella sólo se benefician quienes -como decía al principio de mi intervención- buscan el fracaso, la quiebra, la derrota de nuestro modelo. Un modelo que cristaliza un triángulo, a mi juicio, virtuoso, y que es único en el mundo: democracia, progreso económico y Estado de bienestar.

Superar nuestras divisiones exige comprensión mutua y luchar contra los estereotipos. En mayor de este año nos encontramos a una prueba crucial. Nos enfrentamos a quienes esgrimen un mensaje, ya conocido, en este Continente, señoras y señores diputados, un mensaje que sembró de cenizas esta tierra hace décadas; no hace muchas. También, entonces, a algunos les parecieron inofensivas esta retórica y sus gestos: la paz, la democracia y la libertad nunca pueden darse por sentadas.

Lo vi con mis propios ojos a finales de los años 90 en Bosnia, trabajando para Naciones Unidas en una ciudad devastada por la guerra civil y por el odio, Sarajevo. La barbarie, que creíamos desterrada de la historia de este continente, se hizo presente cuando nadie la esperaba. Alimentada por fuerzas que siempre anteponen el odio a la razón y a la convivencia.

La pujanza de estas fuerzas no solo amenaza nuestro proyecto de integración. También condiciona, de manera sutil, y esto me gustaría también planteárselo, a todos ustedes, de manera sutil, la agenda de actores en principio contrarios a ellas.

Hoy, pido en esta Cámara que ningún europeísta se deje arrastrar por estas fuerzas.

Me dirijo a todos ustedes para pedirles que continúen firmes en la defensa de los valores europeos y fortaleza, para resistir los cantos de sirena del autoritarismo. Porque sólo persiguen un objetivo: destruir Europa.

Por eso hoy apelo a la necesidad de proteger Europa, para que Europa proteja a sus ciudadanos, a los europeos

Durante los próximos años, yo estoy convencido de que nuestro proyecto común, pese a las dificultades continuará avanzando. Habrá divergencias, por supuesto, habrá retrocesos, pero, sin duda alguna, en el cómputo global habrá más avances que retrocesos. Consensos que no colmarán enteramente a nadie, ese es el peaje que debemos asumir con naturalidad.

La Unión es la síntesis de ideas distintas, e incluso contrapuestas. Ideas que se confrontan pacíficamente para conseguir avances en bienestar y en prosperidad, preservando la estabilidad en un mundo cada vez más cambiante.

Contamos, de todas formas, pese a las dificultades, con una sólida base: solidaridades de hecho, que no han dejado de crecer a lo largo de estos últimos años. Lo vemos cada vez que hemos sufrido el zarpazo del terrorismo. Son el germen de una ciudadanía europea real, tangible.

Cuando un ciudadano español cubre su perfil en una red social con la bandera de Francia en solidaridad por un ataque terrorista en París, está abrazando la bandera de Europa.

Cuando un ciudadano alemán siente como propio el atentado en las Ramblas de Barcelona está abrazando la bandera de Europa.

Y cuando hoy honramos a las víctimas que esta misma ciudad de Estrasburgo sufrió en un atroz atentado terrorista hace apenas un mes, lo que estamos haciendo es abrazar la bandera de Europa.

Nada pueden los enemigos de Europa contra ese sentimiento creciente, de solidaridad invisible, pero real. Que arraiga con fuerza, sobre todo, entre los más jóvenes, entre los jóvenes de Europa.

Son ellos los que exhiben la bandera de europea como símbolo contra la injusticia; contra las derivas autoritarias, contra el machismo o contra el racismo. O, simplemente, para expresar su malestar contra decisiones contrarias a la lógica de los tiempos y sus intereses.

El olvido de la Historia, señoras y señores diputados, es un lujo que no nos podemos permitir. Ser conservadores ante la incertidumbre nos hace más vulnerables. Es la determinación, la convicción en nuestras ideas la que nos permitirá recuperar el impulso perdido.

Nos enfrentamos a un autoritarismo que vive de la nostalgia inventada.

Pero no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió, como dice una canción de un gran autor español. A todos los que viven de tales nostalgias inventadas, y subrayo lo de inventadas, les pregunto: ¿Era firme la paz cuando las fronteras nos separaban?

¿Existió el progreso económico cuando las aduanas limitaban los intercambios comerciales?

¿Avanzaron los derechos sociales y de ciudadanía en cada Estado, más de como lo han hecho estos años en el conjunto de la Unión Europea?

Muy cerca de aquí, en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial tenemos la respuesta.

Por ello, hoy quiero decir que frente a la involución, progreso.

Que frente a la retórica de las identidades excluyentes, identidades que suman; que no se anulan unas a otras.

El pasado -me decía un buen colega del Partido de los socialistas europeos y un extraordinario vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans: "El pasado nunca será el futuro de nuestras sociedades"-. El pasado es un lugar del que aprender de nuestros aciertos y nuestros errores.

Es el momento de movilizarse por Europa. Es el momento de proteger y defender los valores que hacen del nuestro, un proyecto único en el mundo; envidiado, en el mundo. Sólo así podemos derrotar a quienes desde fuera, pero también, desde dentro quieren destruir nuestros ideales. Y lo quieren hacer, y a mí me gustaría esto subrayarlo y recordarlo, por una sola razón, por los valores que defiende la Unión. En la defensa de tales valores debe estar nuestra respuesta.

En este camino, señoras y señores diputados,   ¡necesitamos convicción y determinación. Conjugar ideales con la búsqueda del pragmatismo, como hemos hecho desde hace más de 60 años de vida.

Nuestra tarea, como herederos y depositarios de este gran legado, es preservar y mejorar lo recibido, para transmitirlo a las generaciones de europeos que vengan.

Si una lección hemos aprendido es que, en momentos puntuales de nuestra historia, como el que estamos, resistir es avanzar.

Hoy a las generaciones que ustedes representan en este Parlamento nos corresponde una única pero transcendental tarea: proteger a Europa para que Europa proteja a sus ciudadanos.

Muchas gracias.

(Transcripción editada por la Secretaria de Estado de Comunicación)

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