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Intervención del presidente del Gobierno en el Museo Nacional y Centro de Información de Altamira

Martes 12 de marzo de 2019

Presidente.- Buenas tardes, señora directora del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, señor alcalde, delegado del Gobierno, señoras y señores, trabajadores también del museo.

El francés Nicolás Poussin jamás imaginó que uno de sus lienzos, este fabuloso, la caza de Meleagro, compartiría espacio alguna vez con las pinturas rupestres de Altamira, uno de los conjuntos artísticos más impresionante de la Prehistoria.

Fue encargado para un palacio, y estos días luce expuesto en una cueva. Es el diálogo perpetuo del arte. Esa interpelación entre unas obras y otras. Entre unas épocas y otras. Esa vecindad de la que han hablado tantos expertos y que para nosotros resulta enriquecedora y siempre sorprendente.

El ciclo de gira por España que ha emprendido el Museo del Prado para celebrar su bicentenario, es, sin duda, un proyecto extraordinario. En primer lugar, porque alienta ese diálogo entre el arte, ese encuentro simbólico entre artistas alejados en el tiempo. Las escenas de caza de la época rupestre y el clasicismo que representa Poussin, tan distintas en desarrollo técnico y en propósito artístico, se enfrentan aquí, desnudas de ceremonia, y juntas cobran un significado muy especial.

Y, en segundo lugar, este proyecto del Museo del Prado es valioso porque hace suya esa idea ilustrada de la difusión de la cultura. Los grandes museos, las grandes bibliotecas y los grandes teatros cumplen una función, sin duda alguna, especial, esencial en la preservación del patrimonio y en el desarrollo de las distintas disciplinas.

Pero ello tiene que ser compatible con algo también muy importante, y es la descentralización, con la divulgación periférica.

Es preciso que el arte, también, viaje hasta donde están los ciudadanos, donde están las ciudadanas, que se le despoje de la gran solemnidad que a veces tienen y que, además es necesario que tenga, y que se muestre como algo cercano, como algo accesible.

Y permítanme que haga aquí una reivindicación entusiasta del valor de lo público. Estamos ante dos joyas de nuestro patrimonio, de nuestro patrimonio común que han resistido a los embates del tiempo, y que están a disposición de la ciudadanía, gracias, fundamentalmente, a la acción del Estado, de lo público. Gracias a esa idea de protección y de cuidado que forma parte consustancial de las características de un Estado moderno, como es el nuestro.

Sin esa idea, las cuevas, quizás, estarían comidas por el tiempo o habrían sido hurtadas a los ciudadanos. Sin esa idea, el Museo del Prado no se habría fundado, hace ahora, 200 años.

Pero quiero ir un poco más allá. Tanto Altamira como el Museo del Prado son ejemplo de cooperación público-privada, que es el modelo que más podemos aportar en los tiempos que vivimos. Forman parte de lo público, pero se ven complementados y mejorados por la sociedad civil, por las empresas y por las instituciones que siguen creyendo en el valor social de la cultura.

Ese es el camino del futuro, el camino en el que habrá que seguir profundizando: inversión, responsabilidad y talento. Esos son los ejes de una buena gestión  del Patrimonio Artístico.

Y quiero agradecer públicamente el talento y el esfuerzo de los conservadores y de los trabadores y trabajadoras del Museo Nacional de Altamira. Habéis hecho posible la preservación de la cueva. El logro de la neocueva, que he tenido el placer, junto otros compañeros, de poder visitar, de la que tenemos que sentir orgullo y la apertura, en fin, del Museo a la sociedad.

Admiro enormemente vuestro trabajo, señora directora. Hace más de 35.000 años había seres humanos viviendo aquí, en estas cuevas. El mundo ha cambiado radicalmente, aunque aún sigue habiendo personas que echen de menos las cavernas.

El progreso ha transformado la ida de las mujeres y de los hombres, hasta el punto de que somos incapaces de imaginarnos a nosotros mismos en una vida así.

Y, sin embargo, las pinturas de Altamira nos estremecen por su belleza, por su poder de evocación. Por su humanidad. En el arte, el progreso no existe. Lo esencial no ha cambiado.

En los tiempos del Paleolítico, en los tiempos de Poussin, y en nuestros días, los misterios a los que se enfrenta el artista son siempre los mismos. Nuestro deber no es otro que el de preservar ese testimonio para que pueda ser admirado por las generaciones que vengan.

Gracias.


(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)