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Foro Económico Mundial

Intervención del presidente del Gobierno en la sesión especial 'España y el mundo'

Miércoles 23 de enero de 2019

​Presidente.- Presidente del Foro Económico Mundial, señoras y señores,

Han transcurrido diez años desde que irrumpiera la gran crisis financiera internacional. Hoy sabemos que no se trató de una crisis corriente. Tampoco fue la recesión ulterior a otra recesión. Y de hecho, algunas economías aún no la han dejado atrás. Además, la recuperación que estamos viviendo actualmente tampoco es una recuperación ordinaria corriente.

Corremos peligro de olvidarlo todo. Olvidar lo sucedido. Olvidar lo que hemos sufrido. Olvidar nuestros errores. Olvidar lo que prometimos cambiar. El impulso inicial de coordinarnos mundialmente fue positivo y nos alejó del abismo al que se encaminaba la economía, Pero una vez pasado el peligro, bajamos la guardia. Algunas de las debilidades más acuciantes del capitalismo global, siguen sin ser abordadas decididamente.

Los anuncios de la transformación del capitalismo se han ido desvaneciendo con el tiempo. Ni siquiera hemos conseguido eliminar los paraísos fiscales.

Considerando los indicadores macroeconómicos clave, vemos que nuestras sociedades aún acarrean las cargas de la crisis, polarización, decepción con el Gobierno, autoritarismo, populismo reaccionario, desigualdad han sido el resultado.

Hemos de recordar todos los errores cometidos y hemos de cambiar, ahora que todavía tenemos cierta libertad para actuar. Pero hemos de hacerlo considerando que la economía no es un fin en sí mismo, sino que está al servicio de las persona. Crecimiento, sí, pero para mejorar las vidas de las personas y potenciar el bienestar.

Crecimiento, sí, pero a la vez, aprender a crecer dentro de los límites permitidos por nuestro entorno.

Nuestras sociedades se enfrentan a un ritmo de cambio sin precedentes. Ninguna parte de nuestras vidas se verá intacta, no afectada, por los cambios económicos y tecnológicos de la cuarta revolución industrial. En el mundo desarrollado la revolución digital ha reconfigurado nuestras economías, sigue haciéndolo a diario. Ha transformado la forma en la que nos relacionamos unos con otros, cómo nos comunicamos, cómo aprendemos.

Estas medidas, la transformación digital, y la globalización forman parte de un mismo fenómeno, y este fenómeno, como ya sabemos, pone en entredicho la misma existencia de los Estados nacionales, redefine los conceptos de las fronteras, complica la toma de decisiones, reescribe el concepto de soberanía, y crea nuevos retos para la gobernanza mundial.

Hemos de entender este fenómeno e incluirlo al diseñar nuestras políticas públicas. Las oportunidades ofrecidas por las nuevas tecnologías son inmensas. Las aplicaciones tecnológicas de la inteligencia artificial, el big data, el aprendizaje de las maquinas debe incrementar la eficacia de las políticas y mejorar los servicios ciudadanos en sectores como la medicina, la sanidad, la seguridad, la educación o la movilidad.

Pero la transformación digital, también comporta una serie de retos para la economía que debemos abordar. Por ejemplo, la tributación, los impuestos que gravan los nuevos negocios digitales. O la desinformación y las "fake news" que pueden socavar la democracia y poner en entredicho las plataformas digitales.

Corremos peligros de crear nuevas brechas tecnológicas si no aseguramos que todos los ciudadanos formen parte de esta revolución modernizadora. Y debemos unir esfuerzos. Las desigualdades nos destruyen. Nos destruyen a todos, a nuestras sociedades. Son una aberración ética, y una fuente de desestabilización.

En el siglo XX, la política dio su espalda a la economía y el resultado fueron dos Guerras Mundiales. En el siglo XXI, por tanto, sería irresponsable ignorar el impacto político de la economía. Hemos de ser capaces de entender las motivaciones, deseos, decisiones y consecuencias políticas que van más allá de un mero balance, o un estado financiero; las decisiones que puedan se traducen en la marginalización de hombres y mujeres jóvenes, con esperanzas limitados, o condiciones inadecuadas para los trabajadores, a pesar de que hacen mayores esfuerzos.

El mundo crece, pero con mayor debilidad, diez años después de la gran recesión. Y no de forma sincronizada. Hay niveles de inflación que hacen difícil el restablecimiento de una política monetaria normal, sobre todo, en la Eurozona. Hay un mayor endeudamiento y desigualdades inaceptables.

En esa situación, la política debe marcar el ritmo, y de forma responsable, porque si no aparecerán políticos sin escrúpulos que no harán más que agravar estas fracturas de la sociedad.

Los populismos nacionalistas reaccionarios han dejado de ser el problema de un país o de un continente. No, ahora son el principal reto que arrastran las democracias liberales. Si no hubiéramos olvidado que la economía siempre ha de estar al servicio de las personas, quizás estos populismos nacionalistas no hubieran llegado al extremo que han alcanzado.

La tarea de los políticos es mirar al futuro, proporcionar respuestas a las personas. Si hemos perdido una década, tenemos la obligación de mirar hacia el futuro, recuperar lo que hemos perdido, aprovechar las ventajas en las oportunidades que tenemos ante nosotros.

En diferentes lugares del planeta vemos que el cambio tecnológico se percibe como una amenaza, y no como una fuente de progreso. La ecología, el cambio climático se consideran como una limitación de la actividad económica y no como una ganancia en bienestar social.
Vemos que la globalización se percibe como reto a la identidad nacional, y no como fuente de riqueza cultural. El feminismo lo vemos distorsionado, y se presenta como oposición entre hombres y mujeres, y no como igualdad de oportunidades.

Los cambios demográficos a menudo se presentan en economías avanzadas como una lucha entre mayores y jóvenes y no como equidad intergeneracional.

El cambio tecnológico, la ecología, la globalización, el feminismo y los cambios demográficos. Cada uno de estos cinco retos se haya detrás de una línea divisoria. La línea divisoria que separa el progreso social de los privilegios.

Porque nuestras sociedades son más ricas y han alcanzado niveles extraordinarios de bienestar, pero siguen creando parias, marginados, aquellos que Zygmunt Bauman describe como "residuos humanos". Bauman lo explica muy bien: "los ricos se vuelven más ricos, simplemente, porque son ricos. Los pobres, más pobres, sencillamente porque son pobres". Esto contraviene nuestro contrato social, debilita nuestras democracias. Los ciudadanos han de poder sentir que sus destinos están en sus propias manos, que el esfuerzo, talento y la valentía son importantes. Que la movilidad social existe y que pueden establecer unos planes vitales autónomos y viables.

Nuestra prioridad pasa por revertir ese modelo negativo, donde la gente teme a la robotización, apostando por la igualdad de la mujer, las energías limpias y la solidaridad. Esto puede revertirse si la política y la economía  van de la mano.

En 2018 vimos que los vientos de cola que habían impulsado el crecimiento económico en los últimos años han empezado a menguar. Y al mismo tiempo, hemos visto un aumento en las tensiones, los riegos y las incertidumbres conocidos tanto en Europa como en otros lugares.

Incertidumbres que las fuerzas populistas y de la extrema derecha utilizan para su ventaja, y esto genera una inestabilidad económica que nos daña a todos.

Somos testigo de un punto de inflexión en el crecimiento humano.

No puedo por más, que compartir con ustedes, el orgullo que siento por España que continúa estando a la cabeza del crecimiento de las principales economías europeas. Nuestras perspectivas siguen siendo sólidas. De acuerdo con la Comisión Europea, España va a seguir creciendo más que Francia, Italia y Alemania, y más que el promedio de la Eurozona hasta 2020. Esta semana hemos visto como las previsiones para España en el Fondo Monetario Internacional van cambiando. Para el 2018 vamos a crear nuestra economía, 2019, perdón, vamos a crear más de 330.000 empleos. La prima de riesgo en España está estable, aproximadamente, a 110 puntos básicos y en 2018, España fue visitada por más de 80 millones de turistas.

España inspira confianza tanto en las organizaciones internacionales como en los mercados financieros. La economía española está bien asentada con un sector financiero que ha reducido significativamente su riesgos; el déficit público se ha reducido, y el excedente de cuenta corriente se ha mantenido.

Una buena prueba de esta confianza se puede ver en la inversión directa, extranjera, que sigue con la tendencia de crecer.

¿Por qué la economía española merece esta confianza? En mi opinión se debe a tres motivos: En primer lugar, la economía social, incluyendo también en el ámbito de las relaciones laborales. En segundo lugar, la seguridad jurídica. Y, en tercer lugar, las instituciones y empresas fuertes.

Y, además, añadiría un cuarto elemento importante, y es que España es un país singularmente europeísta.

Hay un único partido político en España que es abiertamente euroescéptico. Y nuestra visión es una Europa abierta, una Europa de comunidad de valores, y esos valores son nuestros valores compartidos. Pero nuestra identidad, también quiere ser la de la Agenda de 2030 de Naciones Unidas, que es un resumen de los retos a los que hacemos frente y de la forma con la que los enfrentarnos.

Una de las prioridades de mi Gobierno es fortalecer la cohesión social, no solo por el sentido de la justicia, sino porque una sociedad más igualitaria contribuye a una economía más flexible, más resistente, más estable, y más equilibrada.

Acabamos de presentar nuestros Presupuestos para 2019, que se ha elaborado con tres objetivos. En primer lugar, combatir la igualdad fortaleciendo el Estado de bienestar, cambiando el mundo social, recuperando el valor de la ciencia y de la innovación, y reduciendo los déficits públicos, garantizando la sostenibilidad, a largo plazo, de nuestras cuentas, y la reducción de nuestra deuda.

Y, permítanme hablarles de un aspecto clave, que es una de las prioridades máximas de nuestro Gobierno. Como he dicho antes, luchar contra el cambio climático, junto con la transición energética. El trabajo, en este ámbito va a exigir respuestas ecológicas e inclusivas por parte de todos los Gobiernos. El cambio climático al que hacemos frente es global, y trasversal y afecta a muchos sectores como es la vivienda, el turismo, el agua, la movilidad, por mencionar sólo algunos de ellos. Pero esta transición ecológica, que empieza a ser conocida en muchos foros como el "Green New Deal", no debe atemorizarnos.

De acuerdo con la OIT, para cada empleo destruido por la reforma energética, se crearán cuatro nuevos empleos. España se encuentra en una posición privilegiada para dirigir este cambio. Sabemos qué hay que hacer, y lo vamos a hacer.

En este proceso de cambio, mi Gobierno no puede ni quiere actuar de manera aislada. Necesita trabajar conjuntamente con las empresas, con los ciudadanos, y con el sector financiero.

Este cambio traerá grandes oportunidades para todos y movilizará 200.000 millones de euros de inversiones en la próxima década; el 80% de estos fondos vendrán del sector privado.

En definitiva, estamos creando riqueza, empleos, oportunidades e igualdad. Eso significa que estamos creando el futuro. Un futuro para nuestro país.

Desde mi juventud he sido un progresista convencido. Yo crecí creyendo que el momento más brillante de la historia de la humanidad empezó en la postguerra, en Europa. Sabiendo que ese pacto había sido realizado por personas con ideas y convicciones muy diferentes --el llamado pacto socialdemócrata-- aportó el logro más brillante de la política de todos los tiempos: la paz, el bienestar social, la sanidad universal, la educación obligatoria, la protección de los desfavorecidos, el crecimiento económico y la libertad.

Y esto constituye nuestro modelo social. Y, hoy nadie, o prácticamente, nadie se atrevería a poner esto en tela de juicio.

Yo no estoy de acuerdo, en absoluto, con la idea de que la política progresista está en crisis, y que los progresistas ya no saben crear. Más bien es lo contrario. Yo creo que las fuerzas progresistas son las únicas que siguen explorando caminos que nos pueden llevar a un nuevo pacto social.

Lo que ha pasado en la historia, en mi opinión, es el modelo proteccionista, conservador y provincial que es incapaz de ver el mundo con un espacio que nos pertenece a todos.

Lo que también ha concluido es el modelo neoliberal que nos ha llevado a la Gran Recesión. Un modelo que confunde la desreglamentación con la liberalización y que nos ofrece un mundo cada vez más hostil con aquellos que no son los más poderosos.

¿Qué ideas han lanzado en las últimas décadas? Ninguna. La izquierda, por contraste, sí que ha propuesto conceptos políticos nuevos revolucionarios, como la renta básica universal o la redistribución de la riqueza. Estas ideas son necesarias, reflejan la lógica del mundo al que vamos encaminados. Van a ser la base del nuevo pacto social de la nueva era. Y, además, como en tiempos pasados, van a ser acogidos por las personas razonables de todas las ideologías. Y esto ha pasado muchas veces en la historia, cuando se consideraron revolucionarios conceptos como los votos de las mujeres, la atención sanitaria universal o el sistema público de pensiones.

Levantemos la mirada de las tablas económicas, y miremos directamente al futuro.

Muchas gracias.