Intervención del presidente del Gobierno en la inauguración del I Foro contra el odio

11.3.2026

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Galería de las Colecciones Reales , Madrid

INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, PEDRO SÁNCHEZ

Muchísimas gracias, y yo también me sumo a la felicitación por este gran cantautor que nos ha hecho crecer y pasar muy buenos ratos escuchando su música -como el conjunto de la música española que tenemos-, a Ismael Serrano. Por supuesto, a las ministras, a los ministros, a la presidenta de Patrimonio Nacional, que es quien nos acoge en este maravilloso museo. Autoridades, señoras y señores.

Quisiera comenzar, evidentemente, esta intervención en un 11 de marzo, con un recuerdo a las 193 víctimas cuyas vidas nos fueron arrebatadas hace exactamente 22 años, en el peor atentado terrorista de la historia de España. Y creo que no hay mejor manera de honrar su memoria que estar hoy aquí combatiendo la semilla de la enfermedad que los mató, combatiendo, en definitiva, el odio.

Permítame que les haga una pregunta que, con el equipo, cuando preparábamos este discurso nos hacíamos. Y es la siguiente: ¿A cuántas personas han odiado ustedes en su vida? Piénsenlo, ¿a una, a dos, a ninguna? Yo creo que, si lo pensamos con calma, odiar a una persona no es tan fácil. Alguien, evidentemente, puede no gustarnos, podemos discrepar, podemos hasta incluso sentir rechazo, no soportarla, pero odiarla…, odiar es otra cosa.

Para odiar hay que dar antes un paso muy concreto y es dejar de ver al otro como un ser humano. Y ese proceso lo conocemos bien, porque el punto de partida son evidentemente los estereotipos; etiquetas que lo que hacen es reducir a una persona a un cliché, por ejemplo, un migrante convertido en un delincuente, una mujer libre presentada como una amenaza, la persona trans reducida a una burla. Ahí es donde comienza la deshumanización, se deja de ver a alguien como una persona y así, evidentemente, es mucho más sencillo insultar, discriminar, amenazar, excluir. Y esto sucede tanto en la vida real, como también en las redes sociales, hasta llegar al último paso que, evidentemente, es el de la violencia física.

Por eso, creo que conviene recordar algo y es que el odio no nace de una suerte de generación espontánea, el odio se cultiva y se promueve. El odio, por tanto, se fabrica, no es consustancial al ser humano. Es como un virus en un laboratorio con el que se experimenta, simplificando la realidad hasta convertirla en un 'ellos contra nosotros' -y digo bien además 'ellos contra nosotros', porque generalmente suelen ser masculino ese odio-, cargando por tanto sobre colectivos enteros culpas, estigmas, lo que se hace es fabricar cuando al adversario no se le debate ni se le refuta , simplemente se le deshumaniza.

El odio, evidentemente, también se propaga de manera fría y calculada, con estrategias que sirven a determinados intereses. Porque el odio se ha convertido, desgraciadamente, -o se ha vuelto a convertir- en un arma política. Un arma que no solo sirve para atacar o acosar a la persona que es diferente, sino sobre todo para acallar voces, como bien nos cantaba Ismael Serrano; para expulsar a las personas, también expulsar y arrinconar a los colectivos del debate público, hasta llegar al punto de que, efectivamente, es difícil el poder salir a la calle para poder sentir esa seguridad y ese espacio de libertad que es la calle.

Así impone la industria del odio una suerte de ley del silencio que, de alguna manera también, tiene mucho que ver con los efectos psicológicos que plantea la violencia de género a las víctimas de esa violencia de género. El odio, por tanto, existe y creo que también tenemos que ser conscientes de que no es patrimonio en exclusiva de una ideología, porque evidentemente la historia demuestra que puede instrumentalizar desde posiciones diversas.

Pero también es cierto que, en la España de hoy, al menos esa es la experiencia que yo puedo compartir con todos ustedes, es que ese uso es totalmente asimétrico, porque para algunos es su principal baza electoral. Usan el odio, no para aplastar las ideas, sino para aplastar a quienes defienden esas ideas con las que se discrepa. Y créanme que aquí les hablo también desde la propia experiencia.

Por eso, lo que no es aceptable es que ese odio se extienda a las personas negras por el color de la piel o a los magrebíes por su origen, o a las mujeres por querer ser libres, o a las personas trans por el simple hecho de ser trans. Porque son realidades distintas, pero el mecanismo al final es idéntico: No se les ataca por lo que hacen, se les atacan por lo que representan, y lo que representan es mucho más que a la persona (sin duda alguna ya con eso importante, fundamental), lo que representan es una sociedad libre y una sociedad, en consecuencia, diversa. Una sociedad en la que cada persona pueda vivir como es, sin tener que pedir permiso, y eso es los que los propagadores del odio no soportan.

Por tanto, si el odio ya es peligroso, las redes sociales, desgraciadamente, la han convertido en un arma de polarización masiva. Un arma fácil de encontrar y mucho más fácil de utilizar, y extremadamente lucrativa para algunos, también hay que reconocerlo y ponerlo encima de la mesa. Primero, porque han reducido el coste de odiar, porque basta solamente un clic, casi siempre desde el anonimato cobarde que refuerza la impunidad y la agresividad. Segundo, porque las redes permiten canalizar el odio. Hay grupos que son absolutamente irrelevantes, que pueden amplificar el odio mediante perfiles falsos, mediante acciones coordinadas, acosando a personas y a colectivos enteros. Muchas veces uno no sabe si son bots o son personas las que están detrás de esos propagadores del odio. Generalmente suelen ser bots. No suelen ser personas. Son colectivos irrelevantes, pero sí tienen capacidad de amplificar ese mensaje de odio.

Y finalmente, el odio genera negocio. El odio polariza, genera interacción y los diseñadores del algoritmo lo saben y potencian precisamente mantener enganchada a la gente en esos discursos y en esas conversaciones de odio. El odio, por tanto, ya no es una emoción, sino que podríamos decir que el odio es un producto, un producto que se mercantiliza, un producto del cual hay gente que hace negocio.

Los datos están ahí. Muchos de ustedes los conocen mucho mejor que yo. Tres de cada cuatro jóvenes españoles se cruzan con discursos de odio en las redes sociales. Tres de cada cuatro. OBERAXE, el Observatorio Español de Racismo y Xenofobia, identificó más de 845.000 contenidos de odio en plataformas digitales. Repito la cifra: 845.000 mensajes de odio en plataformas digitales. En el último trimestre, más de 1.300 mensajes al día. Repito 1.300 mensajes al día.

Y, por cierto, no estamos hablando -para aquellos que dicen que lo que pretendemos es censurar- de opiniones incómodas. Al contrario. Hablamos de mensajes que, por ejemplo, comparan a personas con plagas. De nuevo, la deshumanización; que justifican la violencia contra las mujeres o que celebran las agresiones a mujeres. De nuevo, la deshumanización. Eso es lo que muchas personas, sobre todo la gente joven, hoy sufre, soporta cada día, cada vez que se asoma a las redes sociales.

Y sabemos que lo que empieza en una pantalla no siempre se queda ahí. En la última década, los delitos de odio han crecido un 41%. Porque cuando el odio se normaliza en Internet, acaba filtrándose en nuestra vida cotidiana. En el acoso en la calle, en la discriminación laboral, en las puertas que se cierran al buscar una vivienda.

Durante años, yo creo que muchas plataformas invirtieron recursos en la moderación de contenidos, y lo hemos visto, de manera insuficiente. Ahí está también el balance que podríamos hacer de esas moderaciones de contenido, pero al menos existían porque existía el consenso y era que el discurso tóxico no era libertad de expresión, sino una amenaza para la convivencia de las sociedades. Pero ese consenso empezó a romperse cuando los tecno-oligarcas decidieron imponer su agenda política en las redes sociales. Quizá hemos sido demasiado ingenuos. La tecnología es política, la tecnología es poder y bien lo saben los tecno-oligarcas. Por tanto, estos tecno-oligarcas decidieron imponer su agenda política, redujeron equipos de moderación, relajaron las normas y el impacto fue absolutamente inmediato.

Tras la compra, por ejemplo, de X por parte de Elon Musk, el discurso de odio en esa plataforma aumentó un 50%. Un 50%. Y, por tanto, hemos pasado de la libertad de expresión, a dar libertad a la agresión verbal (y, posteriormente, evidentemente física), a un espacio donde el insulto se presenta como una opinión y el acoso como un debate. Lo vemos en muchos ejemplos en los ataques machistas contra mujeres en las redes sociales, como recordamos, por cierto, la semana pasada, ministra. Lo vemos también en el bullying que sufren muchos adolescentes que ya no se quedan en el patio del colegio porque continúan en el móvil. En definitiva, lo vemos en demasiados sitios, en demasiados sitios.

Y yo quiero hoy recordar lo sucedido en Torre Pacheco. Porque en Torre Pacheco creo que todos vimos cuál es esa dinámica y hasta dónde puede llegar esa dinámica. Una terrible agresión, recordemos, a un vecino de 68 años se convirtió en cuestión de horas en una llamada a la cacería contra personas de origen magrebí. Se intentó transformar un delito individual en una excusa para el odio racial. Y lo significativo de aquellos días es que el odio no ganó en el terreno físico. Muy pocas personas acudieron a esa llamada irresponsable que hicieron algunas formaciones políticas y algunos colectivos de extrema derecha. Pero sí lo encontró ese eco en el espacio digital. Allí se multiplicó, allí se amplificó. Allí se intentó construir un relato de enfrentamiento, un relato que no representaba para nada a la sociedad española y que tampoco representaba al propio pueblo de Torre Pacheco. Porque conviene recordarlo, el odio hace mucho ruido en las redes sociales, pero nunca representa la mayoría. Esto creo que es muy importante preservarlo. Esta conciencia y esta realidad.

Por eso creo, señoras y señores, que debemos actuar, por eso actuamos. Y desde entonces, el ministerio de Inclusión -al frente, la ministra Elma Saiz- mantiene una mesa de coordinación con las principales plataformas digitales para: uno, evaluar contenidos; dos, los tiempos de respuesta y, tres, las retiradas de los mensajes de odio de esas plataformas, cuando así se detectan. La presión es insuficiente. Bueno, hacemos lo que podemos desde las administraciones. Estamos hablando de plataformas digitales que operan a nivel global. Pero es cierto que está empezando a surtir cierto efecto, porque cuando se actúa con determinación, la impunidad empieza a retroceder o, al menos, empieza a sufrir las consecuencias. Hace unos meses las plataformas retiraban alrededor del 22% de los contenidos detectados. Hoy esa cifra, afortunadamente, no es del 22%; ronda el 51%. Es insuficiente, pero es evidente que, del 22 al 51%, estamos dando pasos importantes.

Como saben, hace unas semanas, en un foro del Gobierno anuncié cinco medidas para recuperar el control del espacio digital, donde España está dispuesta a liderar conjuntamente con otros países europeos. La primera, ya la hemos puesto en marcha, está ahora mismo en manos de la Fiscalía General del Estado, y es instar a esta institución a que investigue los delitos cometidos mediante inteligencia artificial y deepfakes, especialmente la difusión de la pornografía infantil en las redes sociales y en las plataformas digitales. Hace una semana, la Fiscalía General del Estado anunció la apertura de la investigación penal para determinar la posible responsabilidad de las plataformas digitales en estos contenidos, en su propagación y en su no retirada.

Y hoy, en ese contexto y en ese marco, quiero anunciarles la implementación de la segunda medida. Y es que vamos a poner en marcha la herramienta que hemos llamado HODIO -h, o, d, i, o-. En definitiva, la huella del odio y la polarización. Un instrumento que, a través del Observatorio contra el Racismo y la Xenofobia, va a permitir medir de forma sistemática la presencia, evolución y el alcance de los discursos de odio en las plataformas digitales. Porque lo que necesitamos es eso. Necesitamos transparencia, necesitamos comprender, necesitamos datos que nos permitan evaluar cuál es la dinámica, la orientación, la respuesta en la eficacia, también el compromiso político que estamos manifestando desde el Gobierno de España como expresión de la voluntad social de los españoles y españolas. Nos va a permitir, por tanto, medir de forma sistemática la presencia, la evolución y también la amplificación y el impacto de estos discursos de odio en las plataformas digitales.

El objetivo de esta huella, por tanto, va a ser calcular el nivel de presencia, la amplificación de estos discursos en las redes sociales en España. Una herramienta transparente, rigurosa, basada en criterios académicos reconocidos. Creo que es muy importante este maridaje entre la acción pública, en definitiva, las políticas públicas y la academia y la ciencia, que va a combinar análisis cuantitativo y también la revisión experta para garantizar la precisión y la representatividad.

Y esta medición tendrá consecuencias, porque no solamente se va a tratar de medir, se va a tratar de actuar a partir de esas mediciones. La idea, por tanto, es muy sencilla. Si nos vamos, por ejemplo, al caso de la emergencia climática, ¿qué es lo que hacemos? Bueno, hoy hablamos de la huella de carbono y ¿lo hacemos para medir el qué? Pues el impacto ambiental de una actividad como es la emisión de gases de efecto invernadero. Queremos empezar también a hablar de la huella del odio. ¿Para qué? Para impedir el impacto social y democrático que estos discursos del odio están generando en la convivencia de nuestro país.

Y cuando algo se mide, deja de ser invisible. Y creo que esto es lo sustantivo de esta herramienta que ponemos hoy en marcha, porque empieza a generar responsabilidad. No solamente a las plataformas digitales, sino también a las administraciones públicas de cara a implementar las medidas necesarias para reducir esos discursos de odio.

Por eso, es importante también trasladaros que vamos a exponer públicamente los resultados, para que todo el mundo sepa quién frena el odio, quién mira hacia otro lado y quién hace negocio con el odio. Creo que es muy importante conocer y compartir toda esta información, para que la gente que opera en las redes sociales sea muy consciente de cuál es el rol que juega cada cual en esas en esas redes sociales.

El objetivo, por tanto, es muy claro. Es sacar el odio de la sombra, hacerlo visible, exigir responsabilidades a quienes no actúan. Si me permitís, como diría Gisèle Pelicot, hagamos que aquí también la vergüenza cambie de bando. Hagamos que aquí también la vergüenza cambie de bando.

El entorno digital no puede ser un espacio sin reglas. Yo lo he dicho en muchas ocasiones: hoy las redes sociales son un estado fallido, no hay reglas, no hay leyes, se premia precisamente la impunidad. ¿Por qué? Por lo que he dicho antes, porque la tecnología es poder. La tecnología es política y ahí, ahora mismo, se está haciendo política de la mala, de la que no quiere, sino la ley del más fuerte y no la fuerza de la ley. Por eso, el entorno digital no puede ser un espacio sin reglas. Y a partir de ahí, creo que las redes sociales tendrán que rendir cuentas públicamente por cada contenido de odio que permitan. Y la sociedad en su conjunto podrá ser consciente de los ambientes en los que nos relacionamos, en los que se mueven nuestros menores y también nuestros jóvenes.

Como saben, el Gobierno también ya está trabajando para materializar -está ahora mismo en tramitación parlamentaria- la prohibición del acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, y también la creación de un delito de amplificación algorítmica. En definitiva, que aquellas plataformas digitales que diseñan algoritmos que lo que hacen es propagar esos mensajes de odio asuman su responsabilidad, porque las plataformas tecnológicas -o digitales, mejor dicho- no son neutras; la tecnología, evidentemente, no es neutra, es política. Por eso creo que la creación de un delito de amplificación algorítmica y, algo especialmente relevante para la lucha contra el odio, la responsabilidad penal de los responsables legales de las plataformas cuando no retiren los contenidos ilícitos.

Creo que hay algunos aspectos de la regulación que planteamos y que tenemos consolidada en nuestro acervo en el mundo offline debemos también incorporarlos al mundo online. Nada ni nadie, por más poderoso que sea, está por encima o al margen de la ley. Yo creo que, durante mucho tiempo, y esto ha sido error del conjunto de la sociedad, también de las administraciones públicas, como he dicho antes, durante mucho tiempo las plataformas han querido maximizar beneficios y minimizar las responsabilidades. Y ese tiempo ha terminado. Ese tiempo ha terminado, porque ya no nos rendimos ante ellas. Son ellas quienes tendrán que rendir cuentas ante las sociedades en las que ellas operan.

Por eso, señoras y señores, concluyo con un mensaje de esperanza, porque yo creo que tenemos herramientas suficientes como para parar al odio. Vamos a parar al odio en nuestras redes sociales, en nuestras calles y también en los patios de nuestras escuelas. Sé que en esta lucha la sociedad española va a acabar prevaleciendo, estoy convencido. Porque hay mucha gente concienciada sobre los riesgos y los efectos de toda esta expansión de odio, por decirlo de manera políticamente correcta, que desgraciadamente vivimos en las redes sociales y que se propaga a nuestro día a día en el mundo offline.

Porque la mayoría social está formada por buenas personas, personas que pueden tener opiniones diferentes, pero que en su vida cotidiana no se dejan llevar por el odio. Se mueven por algo mucho más poderoso, que es el amor. El amor por nuestras parejas, el amor por nuestros hijos y nuestras hijas, por nuestros padres y por nuestros hermanos, por nuestros vecinos, por nuestros amigos. Y sí, el amor también por el diferente, por el que viene de fuera y por el que vive a miles de kilómetros de aquí, pero que sufre el dolor y la injusticia, ya sea en Gaza, en Sudán, en Beirut, en Kiev o en Teherán. Esa es nuestra misión, señoras y señores, que hablemos más de amor y menos de odio.

Muchas gracias.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)