Ateneo de Madrid (Madrid)
Muchas gracias a todos y a todas. Consejero delegado de Atresmedia, Javier. Ex primer ministro de Italia, querido Enrico. Presidente del Grupo Planeta y de Atresmedia, querido Pepe Creuheras. Autoridades. Señoras y señores. Buenos días.
Me gustaría comenzar esta intervención recordando una historia que evidencia el reto al que nos estamos enfrentando. No sé si recordarán que hace unos meses conocimos el caso de una menor que había sufrido quemaduras graves en un episodio que en un primer momento se atribuyó a una agresión machista protagonizada por un joven extranjero. Esto fue hace unos meses y copó muchas de las noticias del debate publicado y también en redes sociales durante bastantes días. La noticia, como decía, corrió como la pólvora. Las redes sociales se llenaron de absoluta indignación. Al día siguiente no sé si lo recordarán, pero hubo manifestaciones, hubo titulares, hubo condenas públicas. Y poco después se demostró que el joven no es que no solamente fuera inocente, sino que había intentado salvar a la chica de un incendio provocado por una colilla mal apagada. Evidentemente ya era demasiado tarde porque las redes sociales ya habían creado su verdad. Del señalamiento público se pasó al linchamiento colectivo y la maquinaria del odio y la desinformación se había cobrado, por tanto, una nueva víctima. Aquel joven no pudo regresar a su barrio porque las redes sociales habían dictado sentencia.
Este es un caso de los muchos que suceden en nuestra vida cotidiana. Por tanto, no es un caso aislado. Es solo un ejemplo de cómo la desinformación y el odio que circulan en Internet tienen una capacidad -y subrayo- real de destrozar la vida de una persona. Lo vemos a diario en niños y niñas que sufren ciberacoso. Aquí han hablado sobre ello. En menores adolescentes expuestos a contenidos sexuales no solicitados. Es decir, no son ellos los que buscan esos contenidos sexuales, sino que son esos contenidos sexuales no solicitados los que buscan a los jóvenes. Jóvenes que construyen su identidad en un momento como es la adolescencia, difícil, complejo. Y lo hacen bajo una presión imposible. En colectivos que soportan el odio constante solo por su origen, por su acento, por su forma de ser o también de vivir.
Hace unos meses, en un foro internacional, en el Foro de Davos, me comprometí públicamente a actuar. Dije entonces y reitero hoy aquí, ante este foro de Atresmedia, que el Gobierno de España no iba, por supuesto, a quedarse de brazos cruzados ante el descontrol en el que se ha convertido las redes sociales. Hoy, por tanto, estoy aquí para decirles cómo vamos a hacerlo y qué es lo que vamos a hacer.
Creo que antes de anunciar esas medidas debemos partir de una premisa incuestionable, que probablemente todos compartamos. Y es que las redes sociales han traído cosas valiosas a nuestra sociedad, muy valiosas para nuestra sociedad. Por ejemplo, han roto fronteras, han ampliado nuestras formas de comunicarnos, han abierto nuevas oportunidades de negocio, han acelerado la innovación, porque se ha compartido ese conocimiento. Han dado visibilidad a colectivos que antes no tenían voz, en sociedades donde la democracia brilla por su ausencia. Por tanto, digo todo eso porque negar estos avances me parece que sería injusto y, por tanto, creo que es relevante hacer ese reconocimiento.
Pero al igual que estamos reconociendo esos avances, ignorar sus efectos más nocivos sería, desde el punto de vista de las instituciones, de los responsables empresariales, sociales y por supuesto también políticos, absolutamente irresponsable. Porque los hay y son graves.
Porque la realidad es que las redes sociales se han convertido en un Estado fallido, en un Estado fallido. Un Estado en el que en vez de los señores de la guerra gobiernan oligarcas tecnológicos, donde cotiza al alza el odio, la mentira se premia con clics y la verdad se disuelve como un azucarillo en el algoritmo hasta volverse absolutamente irreconocible. Un Estado, por cierto, en el que habitamos bastantes horas al día. El 95% de los españoles. Ese es el estado en el que también habitamos. Por ejemplo, nuestros jóvenes, nuestros jóvenes, que pasan de media más de cuatro horas al día en ese Estado fallido que son las redes sociales. Un territorio sin reglas, sin impunidad y todo disfrazado de una supuesta libertad. Un Estado fallido que debemos- esa es la obligación que tenemos todos los responsables políticos públicos, también a nivel europeo, como bien ha dicho en Recoleta y por supuesto también empresarial- un Estado fallido que tenemos que refundar.
En los últimos meses nosotros al menos, hemos trabajado con rigor para analizar a fondo su funcionamiento, para conocerlo mejor. Lo hemos hecho conscientes de que una gran parte de las soluciones, evidentemente tienen que ser a nivel europeo. Pero también yo creo que hay mucho trabajo, podemos reconocerlo, que se puede hacer a nivel nacional. Por tanto, creo que es importante desde España que prediquemos con el ejemplo. Y, en paralelo vemos la batalla a nivel europeo y multilateral por refundar este Estado fallido que son las redes sociales.
Lo hemos hecho recientemente con la configuración de ese llamado Escudo Digital Europeo, en el que las aportaciones de nuestro Gobierno, del Gobierno de España han sido claves para alcanzar la ambición que necesitamos y lo vamos a hacer también con las nuevas propuestas que la Comisión Europea ha anunciado hoy mismo sobre el entorno digital.
En lo que respecta a nosotros, vamos a actuar en cuatro frentes. El primero es al que me refería al principio de mi intervención: el luchar contra la desinformación que amenaza a nuestras democracias, a nuestra convivencia. Antes, precisamente, la presentadora de este evento hablaba de la polarización. Tiene mucho que ver también con la desinformación. Porque no se trata de un de un fenómeno anecdótico ni de una simple distorsión de la verdad, es una estrategia que yo calificaría de deliberada para manipular la opinión pública, polarizar el debate y, por tanto, socavar la confianza en las instituciones democráticas de nuestras sociedades.
Y ¿qué es lo que hay detrás? Lo que hay detrás es un interés económico y político, que es el negocio de la mentira y la agenda extremista. Mentiras como, por ejemplo, que el paracetamol provoca autismo. Que los migrantes nos roban el trabajo. En un país que ha recibido durante estos años 2 millones de inmigrantes, en su mayoría de forma regular y, al mismo tiempo, hemos rebajado la tasa de desempleo en un 40%. O mentiras como el que esos mismos migrantes viven de las ayudas. O que las leyes que estamos haciendo en defensa de los derechos y las libertades de las mujeres van en contra de los hombres.
Todas estas mentiras y muchas más que podemos todos tener en mente encuentran los altavoces perfectos que multiplican unos algoritmos optimizados ¿Para qué? Optimizados para exacerbar el impacto de la mentira. Dato. Según el Eurobarómetro, el último, y esto es un dato importante, un 68% de la población ha estado expuesta a informaciones falsas en el último año. Un 68%. Datos del Eurobarómetro. Más del 80% considera que las fake news representan un auténtico problema para la democracia europea. Por eso creo que combatir la desinformación no es una opción ideológica, es una obligación democrática, tanto de las instituciones, de los partidos políticos, como también de los medios de comunicación, de las empresas y de toda la sociedad civil articulada. Es una obligación democrática, no es una opción ideológica.
El segundo ámbito en el que yo creo que tenemos que actuar constituye la protección de los menores en el entorno digital. Han hecho referencia también a lo largo de estos días sobre esta cuestión. Yo creo que es bastante evidente que en un mundo interconectado, donde la tecnología avanza mucho más rápido que la capacidad reguladora de las instituciones, este es uno de los principales problemas que nos enfrentamos desde las administraciones públicas, nuestros niños, nuestras niñas, nuestros adolescentes están expuestos a peligros que el mundo adulto aún no ha sabido prevenir ni tampoco gestionar, reconozcámoslo. Según datos del reciente informe de Infancia Digital, que ha sido promovido por la empresa pública Red.es junto con UNICEF y con la Universidad de Santiago, entre otras instituciones, probablemente, además de los informes que puedan hacer países asiáticos de una dimensión poblacional mucho más grande que la nuestra, como es el caso de China, probablemente el informe más amplio y más sofisticado que se ha hecho en el mundo. Este informe nos dice que uno de cada diez menores en nuestro país reconoce haber sufrido ciberacoso. Uno de cada diez. Y uno de cada tres adolescentes ha vivido situaciones de violencia digital en el ámbito de la pareja; uno de cada tres.
Yo creo que estos datos son una auténtica señal de alarma que nos interpela a todos como sociedad. Y a ello, evidentemente, se suma otro fenómeno preocupante. Y es que una parte importante del alumnado en nuestro país, entre diez años y 20 años, presenta un uso problemático de las redes sociales, lo que se traduce en qué: se traduce -uno- en dependencia emocional, -dos- en alteraciones del sueño; -tres- problemas de concentración de atención y -cuatro- conflictos familiares.
Bueno, yo creo que este doble escenario, la exposición masiva a contenidos nocivos y también la falta de una supervisión, de una regulación, de un control adulto, revela una paradoja que yo calificaría de inquietante y que me gustaría compartir con todos ustedes. Y es que hemos conectado los menores al mundo, pero no hemos hecho del mundo digital un lugar habitable para ellos y ellas. Y, por tanto, la sociedad, creo que a lo largo de estos años hemos ido tomando conciencia, cada vez más, sobre esta realidad. Por tanto, podríamos decir que sí estamos en esa fase de despertarnos ante la magnitud de este desafío, que no solamente vemos en la calle, sino que también tenemos en nuestros propios hogares. Donde un 95% de los españoles considera urgente, repito, urgente, que las autoridades actúen para combatir el impacto negativo de las redes sociales sobre la salud mental de nuestros niños, de nuestras niñas, de nuestros adolescentes y contra el ciberbullying y el acoso online. Y, por tanto, yo creo que este es el momento de actuar con decisión.
El tercer ámbito en el que yo creo que tenemos que actuar es el de la polarización, a la cual antes se ha hecho referencia, y también los discursos del odio, porque debemos asumir que el odio no es una exageración verbal, es un arma política al servicio de una agenda reaccionaria e involucionista. No aparece de repente. Se construye paso a paso, alimentando, por ejemplo, estereotipos y también prejuicios ya existentes en nuestra sociedad. Para odiar sin culpa. Lo primero que hay que hacer es deshumanizar, borrar al otro, convertir en una etiqueta a esas personas o a esos colectivos a los cuales uno quiere atacar, con discursos de odio. Por eso se les llama moros o travelos, o feminazis o menas. Nos suenan, ¿no? Insultos que eliminan la humanidad de las personas que componen esos colectivos. Y la historia creo que ofrece sobrados ejemplos de lo mal que termina esa espiral de los discursos del odio.
Según los datos que manejamos, los discursos del odio en nuestro país han aumentado en un 20% en estos últimos años. Un 20% han encontrado en el espacio digital un perfecto caldo de cultivo para poder propagarse gracias a los algoritmos. Trascienden el daño causado a través de una pantalla para, ¿para qué?, para convertirse en la antesala de delitos que afectan a la vida en las calles. Delitos, por ejemplo, los vinculados con el discurso del odio y con el mundo ciber, que han aumentado un 14% en este último año. También lo han hecho las agresiones. Y, no nos equivoquemos, nadie está a salvo, nadie está a salvo. Por eso es una obligación democrática, no es una opción ideológica. Nadie está a salvo. El odio que circula en redes sociales está degradando la forma en que nos relacionamos como sociedad. Los algoritmos, lo que están haciendo, que están diseñados para maximizar la atención, están amplificando contenidos extremos, generando dinámicas de confrontación constantes. Y esta lógica, evidentemente también ha impactado en la polarización afectiva. Ya no estamos hablando solamente de la polarización política. También la polarización afectiva. Ya no se discrepa de quien piensa de forma diferente simplemente, o se rechaza o se niega al que considera distinto.
Y, por último, el ámbito en el que tendremos que actuar está relacionado con nuestra privacidad en Internet. Nuestra privacidad. La privacidad debe ser protegida como un derecho, no tratada como una mercancía, que es lo que es ahora. En un entorno digital donde cada clic, cada búsqueda, cada interacción deja una huella y, por tanto, la protección de los datos personales se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Sin embargo, la realidad es tozuda y la realidad es que millones de ciudadanos ven cómo su información más íntima, por ejemplo, la ubicación, los hábitos de consumo, las relaciones personales, es recopilada, analizada y finalmente comercializada -siempre el dinero-, sin su conocimiento y su consentimiento legal.
Según el informe de la Comisión Europea sobre la Estrategia Digital 2025, fíjense este dato lo grave que es, más del 70% de nuestros compatriotas, el 70% de los españoles y españolas, considera que no tiene control suficiente sobre el uso de sus datos personales. Es decir, es una realidad bastante asentada y bastante transversal. Esta percepción, lo sabemos, no es infundada. En los últimos años hemos visto cómo grandes plataformas tecnológicas han sido sancionadas por vulnerar la privacidad de menores, por rastrear la actividad de usuarios sin autorización o por compartir información con terceros sin transparencia.
Y en medio de esta realidad, de este panorama, yo creo que es lícito que nos preguntemos en un foro como este ¿qué están haciendo las grandes plataformas?,
¿qué están haciendo?, ¿cómo están respondiendo ante estos discursos del odio, ante la desinformación y ante la violación de la privacidad de los ciudadanos de a pie? Porque mientras los problemas crecen, su compromiso sigue siendo en el mejor de los casos -permítame que lo diga con toda crudeza- tibio. Y estoy siendo políticamente correcto. Y en el peor, su compromiso es inexistente.
Las grandes plataformas han operado durante años como si esto no fuera con ellas. Como si las reglas no les afectaran. Y esa sensación de impunidad ha agravado todos los problemas que hoy estamos denunciando en este foro, y que yo también me hago eco de ellos. Los ejemplos son numerosos, como también muy escandalosos. Por ejemplo, una empresa como META acumula por valor de 1.000 millones de euros en multas por prácticas abusivas de mercado, 1.000. millones de euros por prácticas abusivas de mercado. Google, 3.000 millones de euros por abuso de posición dominante y está siendo investigada ¿por qué?, por posibles incumplimientos de la Ley de Servicios Digitales. Y la Comisión Europea mantiene abiertas investigaciones formales contra X, la antigua Twitter, y contra TikTok por posibles violaciones graves del reglamento de servicios digitales, incluyendo, por ejemplo, la falta de transparencia en su publicidad, la opacidad de sus algoritmos de recomendación y la negativa a facilitar datos a investigadores independientes.
Por tanto, yo creo que podemos todos concluir que no estamos ante errores puntuales que se pueden cometer, no estamos ante errores puntuales, estamos ante un patrón de conducta, un modelo que lo que está priorizando es el beneficio sobre el bienestar. Es el clic sobre el derecho, es el algoritmo frente a la ley democrática que han aprobado parlamentos nacionales o el Parlamento Europeo. Y mientras tanto, los ciudadanos y ciudadanas continúan expuestos, desprotegidos y desinformados.
Y si hablamos de incumplimientos graves hay un caso reciente que creo que debería preocuparnos a todos. Es una investigación realizada por expertos y expertas en nuestro país, en España, en Bélgica, en Holanda, que han revelado cómo esta empresa, esta plataforma digital META, la empresa que está detrás de Facebook, de WhatsApp de Instagram, habría estado supuestamente espiando a millones de usuarios y usuarias sin su conocimiento. ¿Cómo?, bueno, pues a través de un sistema oculto que permitía rastrear su actividad en Internet, incluso cuando navegaban en modo privado o usaban una VPN. Y aunque los usuarios usuarias creían estar protegidos, la realidad era que Meta seguía observando. Y lo más grave, vinculaba todo lo que hacían fuera de sus aplicaciones con sus cuentas personales en ellas. Es decir, para que nos entendamos, META conocía quién hacía qué en el espacio digital a través de sus navegadores y sus teléfonos móviles, sin el consentimiento de los usuarios y de las usuarias.
En este caso yo creo que por su gravedad y por sus dimensiones no puede ni debe quedar impune. Yo creo que la respuesta debe ser doble, o al menos es lo que me gustaría compartir con todos ustedes como anuncio en esta intervención. Y es el abrir una investigación exhaustiva y un nuevo impulso hacia una regulación firme, eficaz y garantista.
En este contexto quiero hacer dos anuncios. En primer lugar, que la plataforma tecnológica META deberá rendir cuentas en el Congreso de los Diputados, que es la sede del Parlamento Nacional sobre este caso. Vamos a citar a los responsables de la empresa y a expertos en la Comisión de Asuntos Económicos y Transformación Digital del Congreso de los Diputados para que esclarezcan lo ocurrido, para que identifiquen responsabilidades y para que garanticen que los derechos y las libertades de los ciudadanos y ciudadanas no han sido vulnerados de manera sistemática y masiva. Porque en España la ley está por encima de cualquier algoritmo o cualquier gran plataforma tecnológica.
Y quien vulnere esos derechos y esas libertades, nuestros derechos y nuestras libertades, pagará las consecuencias. Porque no puede quedar impune.
Y, en segundo lugar, les anticipo que durante el próximo semestre vamos a desplegar una amplia batería de medidas concretas -algunas pasarán por el Congreso, otras, evidentemente tienen rango de reglamento-; medidas concretas, ambiciosas, necesarias para hacer frente a los cuatro retos que antes he planteado. Uno, la desinformación; dos, la protección de nuestros menores; tres, la erradicación de los discursos de odio, y cuatro, la vulneración sistemática de la privacidad de nuestros conciudadanos.
Yo creo que el tiempo de los diagnósticos y las advertencias ante los riesgos ya ha pasado. Lo decía antes, el 95% de los españoles y españolas, del conjunto de la ciudadanía europea, es consciente de que tenemos que actuar. Es hora, por tanto, de actuar, de contar con una regulación eficaz, con supervisión pública, que es la supervisión de todos y de todas, y también con voluntad política. Por eso, si alguien cree que nuestros hijos y nuestras hijas deben crecer en un territorio sin ley, en un Estado fallido, si ellos creen que nuestra democracia es una mera interfaz y que el mundo debe ser gobernado por los algoritmos; si algunas personas, por muy poderosas que sean, que lo son, piensan que están por encima del bien y del mal y que el imperio de la ley no va con ellos, pues tenemos que decirles alto y claro que están muy equivocados, muy equivocados. Y que, en nuestro país, nuestro proyecto común, que es Europa, no se va a arrodillar ante la mentira, ante el odio y ante el abuso de poder de esta nueva oligarquía tecnológica.
Y lo vamos a hacer por nuestros derechos y por los derechos y las libertades más preciadas, que son las de nuestros hijos y nuestras hijas. Y vamos a responder con determinación y con la fuerza que da la legitimación democrática. Y vamos a poner orden en ese estado fallido que es el espacio digital y vamos a recuperarlo para la gente y para el progreso de la humanidad.
Que lo tengan claro: Nuestra libertad y bienestar valen mucho más que su avaricia y su beneficio.
Gracias.
(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)