China (Pekín)
INTERVENCIÓN DEL PRESIDENTE DEL GOBIERNO, PEDRO SÁNCHEZ
Respetados presidente y canciller de la Universidad de Tsinghua.
Profesores, profesoras.
Alumnos y alumnas de la Universidad de Tsinghua.
Da jia hao.
Es un verdadero honor estar en este templo del saber. Un referente global de docencia e investigación. Un lugar en el que los seres humanos exploramos los límites de la ciencia y de nuestra imaginación. Y también encontramos en esos límites nuevas formas de cooperar y de prosperar.
Permítanme comenzar hablando precisamente de eso: de ciencia y también de imaginación. Con una historia que ocurrió no muy lejos de aquí, hace más de cuatro siglos.
En 1583, un jesuita italiano llamado Matteo Ricci llegó a China. En su austero equipaje, traía consigo algunos libros, un astrolabio y un mapa del mundo.
Era un mapa europeo. Correcto en sus proporciones, muy avanzado en el nivel del detalle, pero sesgado en su perspectiva. Porque lo que hacía era mostrar el mundo tal y como Occidente lo veía: con Europa en el centro y Asia en su margen derecho. En los confines de la tierra. Al verlo, los cartógrafos de la corte imperial le preguntaron al jesuita por qué aparecía China en aquel extremo de aquel mapa. Y el sabio europeo comprendió por primera vez que el Mar Mediterráneo era el centro de su mundo, pero no del de otros. Cada mundo tenía su centro y por eso Matteo Ricci rehízo por completo su mapa. Esta vez, usando como eje el océano Pacífico y capturando en él a todo el continente Euroasiático.
Han pasado más de 400 años de aquello, más de 400 años. Pero todavía hay, por desgracia, gente que sigue viendo el mundo como aparecía en ese primer mapa distorsionado por Ricci. Digo distorsionado porque yo sé que el mundo no era así. Sé que, en el año 1583, China era ya una gran potencia que representaba una cuarta parte de la población y del PIB global. Que comerciaba con medio planeta. Y que lideraba la ciencia y la tecnología en muchos ámbitos.
Lo sé porque, por aquel entonces, España como bien nos ha recordado el presidente de la Universidad, también era un gran imperio. Un imperio que intercambiaba materias primas, bienes manufacturados con la Dinastía Ming a través del corredor de Manila. Y que surcaba los océanos con brújulas magnéticas, mosquetes, con timones de codaste. En definitiva, con tecnologías todas estas de origen chino.
La España de entonces conocía de la grandeza de China. Sabía que Beijing no era la periferia del mundo, sino uno de sus centros.
Y la España actual también lo sabe. Sabe que China está reconstruyendo su grandeza. Que es ya el primer exportador de bienes de todo el planeta y el cuarto en servicios. Que la industria y su ciencia están transformando la lucha contra el calentamiento global y también reduciendo la pobreza. Y que, como tal, China está llamada a jugar un papel esencial en el futuro del mundo.
Por eso para mí, querido presidente, profesores y profesoras, es un auténtico honor el poder dirigirme a este centro de pensamiento como español y también como europeo.
Hay quienes se obstinan en interpretar la realidad en clave de suma cero. En narrar el crecimiento de unos como una pérdida para el resto. O en argumentar que profundizar determinadas relaciones implica renunciar a otras.
Pero yo creo que esta lectura no es sólo es equivocada. Es también peligrosa, por inmovilista. Porque nos convierte en prisioneros del pasado y limita las posibilidades que nos ofrece el futuro. Porque incurre en el error de asumir que el mundo que vemos, de los mapas antiguos, es el único mundo posible.
En mi opinión, lo que está ocurriendo hoy en día no es un trasvase de hegemonías. Es una multiplicación de polos. No sólo de poder, sino también de prosperidad. Y esto es una gran noticia para Europa. Porque por primera vez en la historia contemporánea, el progreso germina de forma simultánea en muchos lugares del planeta. Lugares, además, que no se parecen entre sí. Que no tienen la misma cultura. Tampoco el mismo sistema político o tampoco las mismas condiciones sociales. Y que no necesitan pedir permiso a nadie para crecer. Eso está ocurriendo aquí en China, en Asia. Pero también en el continente africano, o también en una región muy próxima a España como es América Latina.
Esa multipolaridad que describo no es una hipótesis. Tampoco es un deseo. Es ya una realidad. La nueva realidad en la que vive el mundo. Y, por tanto, debemos asumirla. No podemos cambiarla. Solo podemos elegir entre negarla o abrazarla.
Y el Gobierno de España, el conjunto de la sociedad española elige abrazarla. Lo hace desde el realismo, también desde el pragmatismo y, sin duda alguna, desde la responsabilidad. Pero me gustaría subrayar que lo hacemos también desde la esperanza. Porque pensamos que, si España, Europa y China supieron prosperar juntos en el pasado, no hay razones que puedan hacernos pensar que no podemos volver a hacerlo.
Evidentemente, no va a ser fácil. Lo sabemos. Hay cuestiones, también, que nos separan. Asuntos en los que no compartimos la misma opinión. En los que competimos. También discrepamos. Puntos en los que no vamos a estar de acuerdo. Tal vez no logremos nunca estar de acuerdo.
Pero la humanidad avanza cuando construimos sobre lo que nos une. No cuando profundizamos las zanjas que nos dividen. Con ese espíritu trabajamos desde España con muchos otros países como Brasil, como India, como Sudáfrica, como México. Y por supuesto también en nuestras relaciones con China.
La propuesta de España, por tanto, es clara: es construir una relación basada en el respeto mutuo. Un respeto que nos permita, entre otras cosas, cooperar en todos los ámbitos posibles. Competir en lo que sea necesario. Y gestionar también nuestras diferencias cuando resulten inevitables.
Y España defiende esta misma visión en todos los lugares del mundo y en todas las capitales. Lo hace en Madrid, nuestra capital. En Bruselas, la capital de Europa. Y lo hace en el resto del mundo de igual manera.
Pero para que esa visión funcione y para que el mundo pueda prosperar bajo el nuevo orden multipolar, necesitaremos tres cosas muy importantes a la hora de desarrollar en los próximos meses y años. Tres elementos que me gustaría compartir con todos ustedes.
El primero es que no es posible una multilateralidad eficiente sin un multilateralismo reforzado.
Hay quienes creen que el sistema multilateral está muerto. Estamos viendo, por desgracia, muchos casos en los medios de comunicación de crisis, de guerras que están sucediendo en el mundo. Piensan que efectivamente, ese mundo multilateral está muerto, que es pasado. Y yo quiero decir aquí que discrepo profundamente de ese análisis. Y lo hago enérgicamente.
Yo pienso que los instrumentos de gobernanza global funcionaron en el siglo XX y que son hoy más necesarios que nunca. Que las reglas y la cooperación trasfronteriza son las únicas herramientas que permitirán a la humanidad superar la emergencia climática y los demás desafíos de esta era.
Yo creo que el mundo multipolar necesita un sistema multilateral robusto, no para imponer una visión única, sino para convertir el crisol de nuestras miradas en una fortaleza para toda la humanidad. No para acabar con nuestras diferencias, sino para lidiar con ellas de forma pacífica, con respeto.
Porque la multipolaridad sin reglas conduce a la rivalidad y de la rivalidad solo surgen guerras, conflictos comerciales y ruina.
Por eso desde España llamamos a una renovación profunda de la arquitectura multilateral. Hay que hacerla más eficiente, más transparente, más responsable y también más inclusiva y plural.
Porque si el multilateralismo quiere seguir siendo útil, tiene que cambiar y reflejar mejor los equilibrios de poder y las sensibilidades del mundo actual. No podemos permitir que el pasado asfixie el futuro de los organismos multilaterales.
Por eso pienso que Occidente debe renunciar a parte de sus cuotas de representación en favor de la estabilidad global y la confianza de los países del sur.
Por eso pienso que debemos transformar cuanto antes las Naciones Unidas con una Asamblea General mucho más fuerte, con un Consejo de Seguridad más representativo y con un sistema de toma de decisiones más democrático en el que todas las regiones tengan de verdad voz y voto, y las potencias medias pueden jugar además un papel aglutinador y armonizador, que es lo que se espera de ellas.
Y también desde España pensamos que sería bueno que por primera vez en la historia una mujer liderara la Secretaría General de Naciones Unidas.
El segundo elemento que necesitaría compartir con todos ustedes es que ese nuevo orden multipolar debe funcionar y debe hacerlo con unas relaciones comerciales que sean equilibradas y recíprocas. No podemos pasar del desequilibrio del siglo XX a otro distinto en el siglo XXI.
Y para que ese desarrollo sea estable, sostenible, sano, el orden multipolar necesitará una economía más horizontal y más justa, en el que no haya regiones perdedoras y otras ganadoras, sino cadenas de suministro realmente globales que creen empleo, riqueza en todas las latitudes del planeta y compartan las externalidades negativas de forma proporcionada.
¿Por qué digo esto? Porque la Unión Europea está haciendo su parte. Se puede discutir si lo hace con mayor o menor rapidez, con dificultades, sin duda alguna, lo reconozco, pero está haciendo su parte.
Solo en la última década hemos firmado acuerdos comerciales con 25 países. Hemos incrementado en un 80% nuestras importaciones del llamado sur global y hemos creado más de 25 millones de puestos de trabajo anuales fuera de nuestras fronteras.
Necesitamos que China haga lo mismo. Que se abra para que Europa no tenga que cerrarse. Que nos ayude a corregir el actual déficit comercial que tenemos con ella.
Un déficit que no es equilibrado, que creció nuevamente un 18% sólo el año pasado y que resulta insostenible para nuestras sociedades en el medio y en el largo plazo. Y es insostenible por los movimientos aislacionistas que alimenta y por los agravios y el dolor social que provoca. Para que se hagan una idea, nuestro déficit comercial con China supone ya el 74% del déficit total de nuestro país.
Por tanto, creo que es importante que lo corrijamos, que cooperemos y que construyamos conjuntamente una economía globalizada, equilibrada, que genere prosperidad compartida.
El tercer elemento que necesitaremos para que el orden multipolar funcione es una mayor implicación por parte de las grandes potencias y las medianas potencias en la gestión y la provisión de lo que los académicos llaman los bienes públicos globales. Por ejemplo, la lucha contra el cambio climático, la seguridad, la defensa, la lucha contra la desigualdad.
En definitiva, potencias emergentes, potencias consolidadas debemos proveer esos bienes públicos globales.
El tamaño no solo implica poder, también conlleva una responsabilidad que no se puede delegar. Porque los grandes problemas del siglo XXI no necesitan visado, cruzan fronteras y son de todos.
Pienso, por ejemplo, en la lucha contra el cambio climático o en los desafíos que provoca la salud global, en el desarrollo de una inteligencia artificial responsable, en el control del armamento nuclear, en la erradicación de la pobreza y en la salvaguarda, como he dicho antes, de la salud global. Ámbitos estos últimos en los que la financiación ha caído un 23% en este último año, un 23%.
Sin la colaboración de las grandes potencias y, por supuesto, también China, estos objetivos no son difíciles, son sencillamente inalcanzables. Sé que China es plenamente consciente y está haciendo mucho, y lo celebro. Pero creo que China puede hacer más. Por ejemplo, exigiendo, como está haciendo, que el derecho internacional se cumpla y cesen los conflictos en el Líbano, en Irán, en Gaza, en Cisjordania y también en Ucrania. Porque el derecho internacional es la base de todo. Compartiendo su tecnología con los países más desfavorecidos, condonando deuda, contribuyendo a la financiación del sistema mediante la participación en procesos de canje.
Naturalmente, Europa también tendrá que redoblar sus esfuerzos sobre todo ahora que Estados Unidos ha decidido retirarse de muchos de estos frentes. La contribución de Europa es y será esencial. Por tanto, les pido humildemente que también ustedes lo vean así que no incurran en el error de Mateo Ricci y se dejen engañar por los mapas.
Porque Europa puede parecer pequeña en un mapamundi, pero en realidad es todo lo contrario. Los datos son estos: la Unión Europea es en este momento el mayor bloque comercial del mundo y la segunda mayor economía. Es también el primer receptor de Inversión Extranjera Directa. Es el segundo ecosistema más innovador. Tiene también población cualificada. Es la segunda economía más productiva del planeta y la primera en niveles de satisfacción vital, de cohesión social y de bienestar.
Con esto no quiero presumir de nada ni ocultar muchas de nuestras carencias, que las tenemos. Con esto, lo que quiero decir es que Europa es un actor clave en la estabilidad, en la prosperidad y en la paz del mundo y que sin una Europa unida y, por tanto, fragmentada, no puede haber ni habrá un orden internacional estable ni un futuro próspero para la humanidad, como tampoco podrá haberlo sin la participación de este gran país que es China. Por eso estamos llamados a entendernos y a cooperar.
Estimados profesores y alumnos, concluyo ya. Cuatro siglos después de que Mateo Ricci llegase a China y tuviera que corregir su mapa, la humanidad sigue buscando el ángulo más justo para ver el mundo tal y como es, y no como dictan el poder o los prejuicios.
Hace unos días, cuatro astronautas estadounidenses viajaron más lejos de la Tierra de lo que lo ha hecho ningún otro ser humano. Y, desde allí, obtuvieron quizá ese ángulo. Desde allí, vieron la Tierra como lo que es realmente: una esfera sin extremos ni fronteras.
Una esfera azul única, irrepetible, en el entorno más hostil a la vida que pueda existir. Los humanos somos el resultado de ese milagro. Tal vez el único en el universo. Y, por tanto, nuestro deber es entendernos y cooperar para hacer que ese milagro siga prosperando.
Muchas gracias. Xie xie.
(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)
(Intervención original en español)