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Intervención del presidente del Gobierno tras la toma de posesión de la nueva presidenta del Consejo de Estado

Consejo de Estado, jueves 5 de julio de 2018

Excelentísimas Señoras y Excelentísimos Señores es un honor participar en un acto como el que hoy nos convoca. Un acto con el que damos continuidad simbólica a un órgano que hunde sus raíces en la historia de nuestra Nación, en la historia de España, y que proyecta su función, el supremo órgano consultivo del Estado, a un futuro que se construye desde la fortaleza y la permanencia de las instituciones en el tiempo.

Quisiera, en primer lugar, como ha hecho también la presidenta del Consejo, agradecer el desempeño del presidente saliente, don José Manuel Romay Beccaría, a quien cabe el honor de haber ocupado esta alta dignidad durante los últimos siete años. Una responsabilidad a la que llegó después de un dilatado periodo de servicio público --en diversas responsabilidades-- y que arranca, precisamente aquí, con su acceso al Cuerpo de Letrado del Consejo de Estado en 1959. Gracias.

Y hago también extensiva mi gratitud, mi reconocimiento a Don Landelino Lavilla que ha desempeñado las funciones de presidente interino durante estos últimos días. Un hombre que, a su condición de miembro de esta casa como letrado, a la cual hacía referencia en la breve visita que hemos tenido antes de poder compartir esta ceremonia, une igualmente una larga trayectoria de servicios en las más altas instituciones del Estado. Gracias.

De sobra sé que, en actos como el que hoy celebramos, presidentes de todo signo han glosado en el pasado los nobles antecedentes históricos del Consejo de Estado. Y, por tanto, resultaría reiterativo que, hoy, alguien como yo volviera a apelar a los orígenes de una institución cuyos antecedentes se remontan cinco siglos atrás. Y en términos contemporáneos a la Constitución de Cádiz de 1812.

Hay quien piensa que la mera raigambre histórica es título suficiente de prestigio. Quien les habla entiende, sin embargo, que tal consideración se obtiene con el trabajo constante a través del tiempo. Que el prestigio y la "auctoritas", a la cual hacía referencia la nueva presidenta, se ganan, sobre todo, con el tesón y con el buen hacer. Y que más allá de los atributos simbólicos de la longevidad no hay mayor credencial que la otorgada por el desempeño solvente de las funciones que les son propias a esta institución.

No es la relevancia del cometido atribuido por el artículo 107 de la Constitución la que agranda el prestigio del Consejo de Estado que, sin duda tiene, y los antecedentes lejanos en el tiempo, como justos títulos de grandeza, sino la calidad de los dictámenes de una institución que siempre ha ejercido sus funciones consultivas con lealtad, independencia y recto criterio.

Me propongo por ello, resaltar la trascendencia de esta ceremonia. En primer término, por cuanto de normalidad institucional entraña que, sin duda alguna, es importante. Y, en segundo lugar, porque en el día de hoy se escribe --como bien ha dicho antes la nueva presidenta-- una página especialmente relevante en la historia del Consejo de Estado, y, en consecuencia en la historia de nuestra democracia. Una página que tendrá por primera vez nombre y rúbrica de mujer.

Quien hoy asume la responsabilidad de presidir el Consejo de Estado sabe muy bien lo que significa abrir caminos en la larga lucha por la igualdad de género. De hecho, ha consagrado buena parte de su vida a esa tarea. Un 28 de mayo de 2004 le cupo el honor de ser la primera mujer que presidió el Consejo de Ministros en la historia de nuestro país, por la ausencia del entonces presidente Zapatero, en viaje oficial.

Hoy, catorce años más tarde, su nombre vuelve a ilustrar el camino, o el cambio, mejor dicho, en una sociedad decidida a hacer de la igualdad entre hombre y mujer una causa en la que no son admisibles más demoras. En la que no son tolerables más escusas. Una sociedad que demanda de los poderes públicos la aplicación de las normas de acuerdo al espíritu de los tiempos, si se quiere, a través de esa magnífica síntesis que siempre ha ofrecido a nuestro ordenamiento jurídico el artículo 3 de nuestro Código Civil.

María Teresa Fernández de la Vega representa como nadie el compromiso con la igualdad de género, pero también con la vocación --y ella lo ha dicho antes en su intervención-- con la vocación del servicio público en los tres Poderes del Estado, puesto que, en todos ellos, ha tenido ocasión de probar su valía, su honestidad, su ejemplaridad, su capacidad para alcanzar consensos. Lo hizo en el Poder Judicial, lo hizo en el Poder Legislativo y lo hizo en el Poder Ejecutivo, en este último caso en dos etapas distintas de su brillante carrera.

Y esa visión integral de la maquinaria estatal representa un aporte singularmente valioso para la naturaleza de la responsabilidad que asume en el día de hoy.

Podría extenderme, Señoras y Señores, en el relato de los méritos profesionales que contemplan sus más de cuatro décadas de servicio a la sociedad, méritos que han estado presentes en la propuesta de Acuerdo del Consejo de Ministros del pasado 22 de junio, y que fueron apreciados en idénticos términos por la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados, por unanimidad de todos y cada uno de los Grupos Parlamentarios.

A su capacidad profesional en el ámbito del Derecho, su trayectoria política en puestos de máxima responsabilidad y su profundo conocimiento de la Administración es preciso unir, como uno de sus principales valores añadidos, la experiencia en este mismo Consejo de Estado al que ha dedicado los últimos años de su vida profesional.

Pero permítanme, en todo caso, hacer referencia a una cualidad que también enriquece y forja el carácter de la nueva presidenta del Consejo de Estado, y es su profunda humanidad de la que da prueba su labor y compromiso al frente de la Fundación Mujeres por África. Una labor en la que María Teresa Fernández de la Vega y me permito citar sus propias palabras "reconoce su intención de devolver a la sociedad todo lo que ha recibido de ella".

Por todo ello, tengo la más absoluta certeza de que el Consejo de Estado tendrá al frente a una presidenta responsable y dialogante en esta nueva etapa. Una presidenta que ejercerá la función consultiva que le es propia a este órgano, el apoyo al Gobierno, velando en todo momento por el respeto y la observancia de la Constitución. Y que cumplirá tales cometidos con el extraordinario aval que supone contar con el conocimiento y la profesionalidad de los distintos miembros del Consejo de Estado, de los letrados, de las letradas y de todos y de cada uno de los magníficos profesionales que desempeñan su labor en esta institución.

Quiero terminar con el recuerdo al tristemente desaparecido Francisco Rubio Llorente que en su discurso de toma de posesión como presidente del Consejo de Estado habló en estos términos. Nos dijo: "Pese a sus muchos defectos, el Estado de derecho, democrático y social en el que vivimos ha asegurado a los hombres y a las mujeres el mayor grado de libertad, igualdad y prosperidad que la humanidad haya conocido jamás a lo largo de su historia. Servirlo, es servir a estos valores que podrán ser entendidos de modo distintos, pero nunca, negados".

Yo no puedo encontrar mejor síntesis como esta para ilustrar lo que espero y sé que voy a encontrar, como se ha encontrado a lo largo de estas últimas décadas, en esta institución, y en su presidente. Reflexión serena, reposada al servicio del Estado social y democrático de derecho. Consejo, en toda su extensión del término, que el Gobierno va a buscar y tendrá muy presente en su labor para enriquecer su acción con la sabiduría implícita en los dictámenes de una institución que en el año en el que conmemoramos el XL Aniversario de nuestra Constitución ha sabido, como ninguna otra, aunar el prestigio que le concede la historia con la calidad meditada de sus dictámenes.

Será, en consecuencia, un honor para mí, como presidente del Gobierno, para todos y cada uno de los ministros y ministras del Consejo de Ministros, contar con el Consejo de Estado en tan nobles tareas como las que estamos llamados a desempeñar en el servicio y al servicio también del Estado y de la ciudadanía.

Por tanto, muchas gracias a todos y cada uno de los miembros del Consejo de Estado. Gracias, señora presidenta, gracias a todos los asistentes y se levanta la sesión.

(Transcripción editada por la Secretaría de Estado de Comunicación)

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